«Un invierno lluvioso no minimiza el riesgo de fuego al verano siguiente»
Galicia y el noroeste ibérico batieron en 2025 el récord del índice de peligro de incendios de la serie desde 1985. El investigador Dominic Royé (CSIC) señala que el calor extremo fue decisivo en agosto, pero la vegetación inclinó la balanza

El investigador Dominic Royé, de la Misión Biológica de Galicia. | L. O.
elena ocampo
A finales de agosto de 2025, el área quemada total en Europa rondó el millón de hectáreas, y más de la mitad (unas 541.000) se concentraron en apenas un 2% del territorio de la UE: el noroeste de la Península Ibérica. Ese pico coincidió con una ola de calor de 16 días y con el Fire weather index —índice de peligro de incendios— marcando «las condiciones mensuales más extremas» en cuarenta años. Un equipo internacional (con participación de la MBG en Galicia, entre otros centros), analizó por qué la meteorología fue necesaria, pero no suficiente. Para el investigador Ramón y Cajal, Dominic Royé, firmante del trabajo publicado en Global Change Biology, el monte es como la salud pública, requiere una «inversión en prevención» para ahorrar a futuro.
Dicen que el trabajo no es «un artículo» al uso, sino un comentario con datos y contexto. ¿Qué querían demostrar?
Lo que hicimos fue un cálculo con los datos que disponemos. Lo que queríamos era no solo recoger los datos de este episodio, sino ponerlos en contexto: por una parte, el estudio más meteorológico y climático, cómo fue; y por otra parte, ver qué pasa con la vegetación. Y subrayar que las condiciones extremas meteorológicas son solamente una cara de la moneda.
¿Qué les sale en esa cara meteorológica?
El índice que usamos, que se usa para ver la previsibilidad del riesgo de incendio y alcanzó máximos históricos: el récord. Y, al mirar la serie, alcanzó el valor mensual más extremo registrado en el noroeste de la península ibérica en el periodo 1985–2025.
¿Qué revela el mapa para el territorio gallego?
Si miras la figura adjunta, el mapa muestra un ranking: cuando aparece el valor 1, significa que ahí se registró el índice más extremo de toda la serie histórica. En Galicia, ese máximo se concentra sobre todo en el sur, especialmente en Ourense y parte del este. Es decir, el epicentro está situado justo en parte del área que se quemó tan brutalmente. Los megaincendios se produjeron en ese entorno.
Pero defienden que la meteorología no basta. Otras fuentes medioambientales ya han señalado a la «cantidad de combustible» disponible en el monte.
El tipo de vegetación influye en cómo se propaga un incendio. Por eso añadimos un análisis: no basta con saber qué porcentaje de cada tipo de vegetación resultó afectado; hay que ver si ese porcentaje es ‘normal’ o si, en realidad, esa especie de vegetación se quemó más o menos de lo esperable. Es decir: si toda la vegetación ardiese por igual, ¿cuánto le tocaría quemarse a cada una de las especies?
¿Y qué especies ardieron «por encima de lo esperable»?
Lo que se vio es que lo que más ardió eran matorrales y pinares. En cambio, los bosques autóctonos de roble se quemaron menos de lo que les tocaría si toda la vegetación se quemase por igual. Y, en el caso del eucalipto, la cifra casi está por debajo de lo que es la disponibilidad de esa especie. Pero no es mi especialidad la gestión forestal.
Los investigadores piden en una nota que 2025 siga siendo excepcional y no «la nueva norma». ¿Qué receta plantea para lograrlo?
Se necesita actuar en todas las dimensiones del riesgo: peligro, exposición y vulnerabilidad, mediante una mitigación y adaptación coordinadas. Hago una analogía: igual que en salud, tenemos que invertir en prevención, en salud pública preventiva aunque a primera vista parece que es un coste, a medio y largo plazo va a reducir riesgos y costes posteriores. En resumen: lo que tenemos que hacer es reducir el riesgo para futuros veranos.
¿Eso pasa por trabajos preventivos durante todo el año?
Creo que no hay gran novedad: Ya se sabe lo que hay que hacer; solo que hay que llevarlo a cabo en la práctica.
¿A qué atribuyen ese aumento del índice de peligro de incendios?
Hay tendencias que muestran claramente cómo la atmósfera cada vez tiene más sed. Hay un desequilibrio entre la humedad en el suelo y la humedad en la capa atmosférica: la atmósfera está ‘sedienta’ y saca toda esa humedad del suelo. Por eso, con calor, se habla de que se produce una sequía repentina. Además, tuvimos en agosto una ola de calor muy larga — de unos 16 días— y eso introduce un estrés de temperatura extra. Con cada grado de aumento de temperatura, la atmósfera puede contener casi un 7% más de humedad… Pero ¿de dónde viene esa humedad? Pues, del ecosistema.
¿Un invierno lluvioso, como el que estamos viviendo, reduce el riesgo de fuegos en el verano siguiente?
No es una garantía. Puede ocurrir que si ahora tenemos inviernos y primavera muy húmedas, la vegetación va a crecer muy rápida y densamente y, una vez que volvemos al verano y tenemos una de las citadas sequías repentinas, en cuestión de poco tiempo, esa humedad se va a escapar, se irá rápidamente. Luego, ese combustible se secará rápido y el riesgo sube.
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