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Un investigador gallego en la gigante isla helada: «No se la juega solo Groenlandia»

El vigués Daniel Estévez Barcia vive medio año en Groenlandia desde 2019. Genetista de poblaciones pesqueras en Nuuk, alerta de que el pulso por la isla no empieza en la rutas marinas o la minería, sino antes: la simple prospección, el ruido y el tráfico afectarían a los ecosistemas. Por otra parte, los posibles recortes en investigación del calentamiento serán como un «apagón».

El investigador vigués Daniel Estévez en Quassussuaq, Groenlandia.

El investigador vigués Daniel Estévez en Quassussuaq, Groenlandia. / FdV

Elena Ocampo

Vigo

Donald Trump ha convertido Groenlandia en el primer eslabón del conflicto a tres bandas que Estados Unidos, Rusia y China disputan para controlar el Ártico, un pulso que amenaza con colocar a la región en una crisis de consecuencias imprevisibles. En Nuuk, la capital, están alarmados por las declaraciones recientes del presidente de EEUU : dijo que se haría con el control del territorio «por las buenas o por las malas».

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En una ciudad donde el hielo marca el calendario y el mar marca la economía, Daniel Estévez Barcia (Vigo, 1991) desconfía de los relatos instantáneos. Lleva seis años en Groenlandia como investigador posdoctoral del Greenland Institute of Natural Resources.

Su trabajo —genética de poblaciones, ecología molecular, biología evolutiva, ciencia pesquera— suena técnico, pero su aviso es nítido: en el nuevo pulso por la isla, lo primero que se pierde no es el territorio, sino la mirada. Y esa mirada —insiste—, que traslada aquí, es la suya propia.

El científico gallego, en "Greenland Science week"

El científico gallego, en "Greenland Science week" / fdv

«Me he encontrado con gente que ni siquiera sabía que Groenlandia estaba habitada», cuenta. No lo dice como anécdota, sino como síntoma. Cuando el debate se reduce a un tablero geopolítico, la población local se borra; se borra también su historia —«un pueblo con sus ansiedades, como cualquier otra población en la Tierra»— y su miedo a «pasar por una segunda era colonial». El punto ciego reaparece cada vez que Washington reaviva la presión y la isla queda encapsulada en dos palabras: seguridad y recursos.

Para Estévez, el argumento de la seguridad «no tiene sentido» tal y como se invoca. Dinamarca y EEUU llevan décadas cooperando en la defensa ártica y comparten presencia en la OTAN. «Lo que tiene a mi parecer más sentido es otra cosa: la libertad total para explotar», opina. «El principal interés está en los recursos naturales, terrestres y submarinos», valora.

En Groenlandia, el mar no es un fondo fotogénico: es estructura. Fuera del Ártico persiste la idea de un país «de subsistencia», pero aquí la pesca es economía, acuerdos internacionales y vida cotidiana. «En cuanto a la pesca, el mayor motor económico es por exportación», explica, y cita el fletán y la gamba nórdica como pilares.

Las inmediaciones de la localidad de Qoornoq, durante un deshielo.

Las inmediaciones de la localidad de Qoornoq, durante un deshielo. / Fdv

Argumenta que en muchos casos el consejo científico en la gestión pesquera se puede realizar mejor, atendiendo no solo a las dinámicas de la especie comercial, sino también a las dinámicas ecosistémicas que la incluyen. Sin embargo, también cree que el consejo parcial sigue siendo más deseable a no tenerlo: da más garantía de la permanencia de los stocks pesqueros.

El choque, resume, es estructural: el pescador piensa a corto plazo porque tiene facturas y familia; el científico mira décadas.

El puente debería construirlo una mejor comunicación entre pescadores y científicos: mejorar calidad de vida, diversificar capturas, reducir la presión sobre unos pocos caladeros...

El Ártico, añade, es una red compleja: una perturbación fuerte en un punto puede propagarse y afectar seguridad alimentaria, estabilidad social y futuro económico. La señal biológica «más obvia» ya está en marcha: la borealización, el avance hacia el norte de especies de latitudes más bajas. En la red trófica marina, el bacalao polar es una bisagra, presa que conecta el plancton con mamíferos marinos y peces mayores.

El aumento de las temperaturas es perjudicial para estadíos tempranos de esta especie, la cual cambia su distribución a zonas más frías, con consecuencias energéticas para los depredadores. No es una postal: es un sistema que sostiene alimento, empleo y cultura.

El riesgo, antes que la mina

El daño, subraya, no empieza cuando se abre una mina. Antes llega la prospección y la logística. Con el deshielo, se facilitan rutas por mar y accesos: más ruido, más presión sobre especies sensibles. «Habría más tráfico… [y] el ruido afectaría», advierte.

Sospecha, aunque no es su especialidad «sobre la población de narvales del este de Groenlandia, que ya es bastante vulnerable y quizás podrían acabar desapareciendo» . Si el camino es la minería, además del paisaje fragmentado, aparecen los residuos: lodos y ‘tailings’ con metales pesados. El debate del yacimiento de Kvanefjeld —donde el temor a contaminación y residuos radiactivos fue central— explica por qué Groenlandia convirtió la cuestión minera en una batalla política y aprobó un veto al uranio tras las elecciones de 2021.

Pero el golpe que más le inquieta no es sólo industrial: es informativo. Sitúa la primera batalla en la ciencia y teme un patrón de recortes, parálisis y filtros ideológicos: proyectos aceptados y luego congelados, equipos desmantelados, y la obsesión de descartar propuestas que incluyan palabras como «cambio climático».

En el Ártico, donde una perturbación se propaga por toda la red, la opacidad convierte la gestión en apuesta. Si el monitoreo se corta, «estaríamos en las sombras», sin capacidad de proteger la pesca. En un escenario de extracción acelerada, su conclusión es seca: sin datos no hay gestión; sin gestión, el mar deja de ser columna vertebral y pasa a ser botín.

En síntesis, Estévez no se refugia en banderas: «No solo se la juega Groenlandia, nos la jugamos todos». Porque lo que ocurra en los polos vuelve, tarde o temprano, convertido en clima, economía y tensión social en latitudes más bajas. No es una casilla vacía en un mapa: es un ecosistema que, si se rompe, también nos fragmenta.

«Si EE UU lo logra, creo que estaremos a oscuras»

Para el investigador Daniel Estévez, la primera grieta de un giro geopolítico no aparece en el paisaje, sino en los laboratorios. El investigador teme que Groenlandia herede un modelo de recortes, parálisis y filtros ideológicos: proyectos aprobados y luego congelados, equipos desmantelados y una consigna que termina por expulsar del expediente palabras incómodas, como «cambio climático».

Su alarma condensa el horizonte: «Si EE UU se sale con la suya, creo que estaremos a oscuras». Para quien trabaja con series largas y monitoreo, significa perder capacidad de anticipar qué cambia, a qué velocidad y con qué coste ecológico y social. «La ciencia es solo tan buena como son los datos que la soportan». Sin datos «limpios, transparentes» no habrá forma de medir impactos directos e indirectos, exigir veracidad a empresas, ni sostener —por ley— una vigilancia ambiental real.

A la vista, un «posicionamiento tribal» que habla de rivales inmediatos, territorios débiles y del reparto por la fuerza. «Para los EE UU, países como Groenlandia y Venezuela están convenientemente cerca y poseen recursos de gran interés, también componentes políticos o sociales que se pueden manipular», interpreta.

Pero esa visión deja fuera lo esencial. Se pasa por alto la forma de vivir y la capacidad de pensar libremente del estado groenlandés, su derecho a la independencia y a decidir qué cauce llevarán sus recursos.

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