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Emprendimiento pesquero

Ruhan, de Perú a Sada para comprar un barco y vivir de la pesca

Lo normal en Galicia, donde cada vez más migrantes sostienen la pesca, es que los extranjeros sean empleados, no autónomos; y mucho menos propietarios de un pesquero. Ruhan Rivera decidió emprender en la flota artesanal a contracorriente de las bajas por jubilación y los desguaces, solicitando un crédito de 70.000 euros con un socio

Ruhan Rivera, armador del ‘Piringuela’, a bordo de su embarcación en Sada.

Ruhan Rivera, armador del ‘Piringuela’, a bordo de su embarcación en Sada. / CARLOS PARDELLAS

Jorge Garnelo

Sada

Ruhan Rivera y su Perú natal les separan hoy más de 9.000 kilómetros de distancia: el recorrido que hay que trazar en el globo terráqueo para llegar al municipio coruñés de Sada, adonde arribó en 2005, desde el Terminal Portuario de Ilo, enclavado en el departamento de Moquegua. En estas instalaciones que se erigen como una de las grandes arterias del corazón del Pacífico, cruciales para la integración comercial del país sudamericano, Bolivia y Brasil, trabajaba hace ya más de 20 años hasta que emigró, alentado por una situación económica cada vez más insostenible y el mismo sueño sin certezas de cualquier persona que decide migrar. El de una vida mejor, aunque para ello haya que dejarlo todo atrás y volar.

Rivera cogió un avión que le llevó a Galicia, lejos de su familia —su mujer y cuatro hijos, hoy cinco—, y lo hizo para coger un barco, pero no para seguir su travesía, sino para pescar. Y de ese barco a otro, y después a uno más, y así pasó más de una década hasta que consiguió comprar el suyo. Hasta que apostó por invertir en el mar. 

Para hacerse con el Piringuela, un pesquerito de 11,4 metros de eslora, 3,6 de manga y 1,4 de puntal, hizo falta un crédito de 70.000 euros que él y su socio Bailón, también peruano, solicitaron a partes iguales. Porque el capital era lo único que les faltaba, voluntad había de sobra. «Gracias a Dios ya está todo pagado», dice ahora a bordo de la embarcación, adquirida en 2018 al armador José Luis Segade. Un curtido pescador gallego que a falta de relevo generacional decidió poner en venta el que fue su medio de vida hasta que se jubiló. 

Lo habitual en Galicia, donde cada vez más migrantes sostienen la pesca, es que estos sean empleados, no autónomos; y mucho menos propietarios de un barco. Los afiliados extranjeros (hombres) por cuenta ajena en el Régimen Especial del Mar ascendían a 1.518 a cierre de 2025, representando casi uno de cada cinco asalariados del sector pesquero en la comunidad. Frente a ello, 100 veces menos, solo se registraron 15 profesionales foráneos por cuenta propia. Apenas un 0,3% del total. 

«Emigrar es siempre complicado, pero todo depende de la gente que te toca»

A las artes menores, a la centolla, el verdel o la pescadilla —en definitiva, a lo que deje el mar—, el Piringuela sigue hoy faenando por las rías gallegas, aunque cargue ya con más de 30 velas a sus espaldas. «En este momento el futuro está muy complicado», reconoce Rivera, que intercala su oficio en esta embarcación artesanal con las campañas que hace en el Cantábrico, por ejemplo, donde va a la anchoa con un cerquero que pesca frente al País Vasco. El marinero enumera una larga lista de contras con los que convive día a día su actividad, como la presión cada vez mayor que ejerce la regulación o el alza de los costes. Factores que hacen mella y llevan a cada vez más gente del gremio a desistir. Trabas que «quitan las fuerzas para seguir adelante», apunta, aunque no hayan podido con él.

Porque no todo iba a ser negativo: «Salir al mar es sumergirse en otro ambiente, desconectas de todo lo que hay en tierra». «Me siento más liberado, más tranquilo», reconoce Ruhan, que cuando llegó a Galicia con un contrato bajo el brazo para pescar, jamás había pescado. Cambió su empleo descargando los contenedores que llegaban al sur de Perú por echar las redes de madrugada y ver salir el sol navegando. Y gracias a ello pudo llegar posteriormente su familia, que se arraigó también a la comunidad. Con el paso de los años, cuando el barco en el que trabajaba se vio abocado al desguace por lo mismo que tantos otros se acaban achatarrando, decidió parar para formarse y lograr los requisitos necesarios para poder tener y operar una embarcación propia. Tras ello, aún antes de comprar el Piringuela, pasó por el Maradán, donde conoció el enmalle. 

La vida del Piringuela —que en 2013 protagonizó un rescate de tres marineros del Roncudo— no se habría prorrogado en manos de Ruhan y Bailón si no fuese porque apostaron por emprender en el mar cuando el rumbo de la flota de pequeña eslora es completamente el opuesto. A contracorriente, como tantos migrantes, lo que tiene claro es que esto no habría sido posible sin el buen trato humano que le brindaron todas y cada una de las personas que les abrieron las puertas nada más llegar. «Me han tratado muy bien y me siguen tratando bien. Emigrar es siempre complicado, pero todo depende de la gente que te toca cuando llegas».

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