Medio rural
La primavera decide ya el fuego del verano en Galicia: el suelo guarda agua, pero la maleza es combustible
Los incendios del área de Vigo han adelantado la alerta, porque el monte gallego llega a abril con los matorrales, ramas muertas y sotobosque seco
El científico Victor Granda: «En Pontevedra y Ourense, el riesgo de incendio ya equivale a finales del mayo»

Vista del incendio forestal en el Monte Gaieiro, ocurrido esta semana. / E. P.
Elena Ocampo
Los incendios ocurridos esta semana en el área de Vigo han dejado algo más que imágenes de humo a las puertas de abril: han encendido una señal de alerta sobre el estado real del monte gallego. Porque, aunque las lluvias del invierno han recargado el suelo y todavía mantienen agua en los árboles vivos, el riesgo de incendio está creciendo desde marzo por otro factor menos visible y, a la vez, decisivo: el secado del combustible muerto acumulado en el bosque. O lo que es lo mismo, hojas, árboles y sotobosque acumulados que, al no tener vida, tampoco absorben el agua.
Ese es el principal mensaje que dejan los datos analizados de las provincias gallegas a partir del visor ForestDrought del CREAF, del Laboratori Forestal Català, una herramienta que modeliza el balance hídrico forestal y distintos índices de riesgo de fuego. El sistema permite observar una paradoja que explica bien lo que está ocurriendo estos días en Galicia: el bosque puede seguir húmedo en su parte viva y, al mismo tiempo, empezar a volverse más inflamable por la pérdida de humedad en hojas secas, ramas caídas y árboles muertos del año pasado, o quemados que siguen en el monte tras la oleada de incendios de 2025. «El suelo conserva agua, y los árboles vivos también, pero el material muerto no del mismo modo y entra antes en una fase de disponibilidad para arder», explica el científico Víctor Granda.
Eso es precisamente lo que ya se aprecia en las gráficas. La intensidad del estrés forestal viene subiendo desde marzo y, sobre todo, los dos últimos indicadores —los que expresan el potencial de fuego en una escala de 0 a 9— han dado un salto en pocos días: de valores próximos a cero a finales de marzo a niveles cercanos a 4 y 5 en la provincia de Pontevedra. Esto no significa que el monte gallego esté ya seco en bloque, sino que una parte del combustible presente en el bosque se ha secado lo suficiente como para elevar el peligro si coinciden viento, calor o una ignición.

Visualización de los gráficos del potencial de feugo y humedad del combustible muerto, de la aplicación. / Fdv
Los incendios registrados esta semana en Vigo, Mos y Ponteareas han funcionado así como un primer aviso. El fuego originado en Ribadetea, en Ponteareas, llegó a calcinar 750 hectáreas y obligó a activar la Situación 2 por su proximidad a núcleos habitados. No fue un episodio menor ni aislado: fue una demostración de que el riesgo puede dispararse antes de que llegue el verano si el combustible fino muerto pierde humedad aunque el bosque conserve todavía reservas de agua en el suelo.
En Pontevedra, de hecho, el riesgo de incendio se sitúa ya en valores equivalentes a los de finales de mayo del año pasado, pese a que el bosque sigue húmedo. Y en Ourense ocurre una evolución similar: a medida que baja el agua disponible y cae la humedad del combustible muerto, sube el potencial de fuego. El índice es mucho menor en A Coruña y también intesa en Lugo. Así que, esa combinación obliga a mirar con atención a la primavera, porque ahí puede decidirse buena parte del verano.
«Si no llueve en primavera, habrá un verano parecido al del año pasado»
Paradoja forestal
Las abundantes lluvias caídas desde el invierno han dejado un efecto doble. Por un lado, han llenado de agua el suelo forestal y han reforzado temporalmente la vegetación viva frente a futuras sequías. Pero, por otro, también pueden favorecer una fuerte explosión de sotobosque en las próximas semanas. Si la primavera mantiene un régimen normal de precipitaciones, esa carga extra de vegetación no tendría por qué traducirse en un problema inmediato. El escenario cambia si ahora deja de llover: todo ese crecimiento puede transformarse en más combustible disponible para arder cuando avance el calor. «Pero si ahora no llueve en primavera, el riesgo de incendios será muy elevado», advierte Granda.
Ahí está la clave. Si la primavera falla en lluvia, el riesgo de incendios será muy elevado y Galicia podría encaminarse hacia un verano parecido al del año pasado, marcado por grandes fuegos favorecidos por la sequía, el viento y las temperaturas extremas.
La propia Xunta ha admitido que en 2025 se vivió una situación de «extrema dificultad» y que el cambio climático está rompiendo ya los patrones tradicionales del fuego, con periodos críticos más frecuentes y zonas especialmente sensibles en el sur gallego y en Ourense. A ese nuevo contexto se suma, además, un factor constante: el origen humano sigue detrás de buena parte de los incendios, lo que multiplica el peligro en cuanto el monte entra en esta fase de vulnerabilidad.
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