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La Galicia que muere sin testamento: más de 30 familias obligadas cada día a acreditar quién hereda

Los abintestatos se consolidan con más de 11.000 expedientes anuales en las notarías gallegas, casi el 60% en las provincias de A Coruña y Pontevedra

Morir sin testar genera un laberinto administrativo para los familiares, que no en pocos casos acaba en los tribunales

Uno de cada cuatro trámites hereditarios en la comunidad son de herederos sin testamento, una tasa ligeramente superior a la media nacional

Ourense presenta el índice más alto: más de un 40% de los actos derivados de una herencia

Un hombre, durante la firma de un documento ante notario.

Un hombre, durante la firma de un documento ante notario. / E. P.

A Coruña

En Galicia, morir sin testamento no es una excepción. Cada día, treinta familias gallegas se ven obligadas a iniciar un trámite previo —y a menudo desconocido— para poder repartir la herencia de un familiar fallecido. No porque existan conflictos, sino porque el difunto no dejó por escrito quién debía heredar. Y, si hay desencuentros a la hora del reparto, la vía que queda no es otra que acudir a los tribunales. Unos trámites farragosos que pueden abrir una brecha en las familias por el simple hecho de no dejar por escrito las últimas voluntades.

Los datos del Colegio Notarial de Galicia dejan una fotografía que permanece inmóvil: más de 11.000 gallegos mueren cada año sin testamento, lo que convierte al abintestato —la declaración de herederos cuando no hay voluntad escrita— en uno de los actos notariales más frecuentes de la comunidad. En 2025 se registraron 11.090 expedientes de este tipo en las notarías gallegas -una media de 925 cada mes-, una cifra que apenas se mueve desde 2022 y que consolida un patrón: uno de cada cuatro trámites hereditarios en Galicia, en concreto el 26%, arranca sin testamento. Se trata de un porcentaje ligeramente superior al registrado en el conjunto del país, que se mueve en el 22%.

Pese a que la cifra de testamentos registrados en Galicia el año pasado ha batido récord (más de 55.500), el balance de los que mueren sin hacerlo no sufre variaciones (11.090 frente a 11.087 del año anterior). Y la consecuencia de no dejarlo todo atado para el día que uno falte es un laberinto administrativo que se activa justo cuando las familias están más vulnerables. En pleno duelo.

La serie de los últimos cinco años muestra un comportamiento llamativo. Tras el pico de 2021, el año pospandemia —11.644 abintestatos, el máximo de la década—, la cifra cae ligeramente, pero se estabiliza en una horquilla estrecha: siempre alrededor de los 11.100–11.200 casos anuales. La reducción entre 2021 y 2025 es de apenas un 5%, pero supone un 18% más que el año precovid (apenas 9.400).

En otras palabras: el problema no crece, pero tampoco desaparece. Por provincias, el reparto es desigual: Pontevedra registró el año pasado 3.338 abintestatos y A Coruña, 3.242. Entre ambas suman casi seis de cada diez expedientes y protagonizan un ligero repunte respecto al año anterior. Lugo, con 1.699 expedientes, cae levemente, y Ourense, con 2.811, no es la que más casos registra, pero presenta la anomalía más llamativa: cuatro de cada diez herencias en la provincia empiezan sin testamento, frente al 26% de la media gallega.

Si el volumen absoluto lo lideran A Coruña y Pontevedra, el peso relativo del fenómeno tiene un epicentro claro: Ourense. En concreto, los abintestatos de 2025 representaron en esa provincia el 41,5% del total de sus actos hereditarios (adjudicaciones, renuncias y abintestatos). La diferencia es tan grande que Ourense duplica prácticamente el peso que este trámite tiene en A Coruña (21%) o en Pontevedra (25%).

¿Por qué ocurre? Los notarios apuntan a una mezcla de factores: envejecimiento demográfico, menor cultura de planificación patrimonial y un mayor peso de patrimonios modestos, donde el testamento se percibe como algo prescindible.

Aunque nunca se habían firmado tantos testamentos en Galicia, la bolsa de quienes mueren sin dejar sus últimas voluntades por escrito permanece intacta. Esa falta de previsión, a menudo fruto del desconocimiento o de la idea de que no hay bienes suficientes que ordenar, acaba trasladando a los herederos más trámites, más costes y más margen para el conflicto en el peor momento.

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