Investigación
Francia retoma la «misión radiactiva» y tomará muestras de los barriles arrojados frente a Galicia; Bruselas vuelve a rechazar una investigación
La segunda fase del proyecto Nodssum se prolongará durante más de un mes, entre el 27 de mayo y el 29 de junio
Los investigadores utilizarán el submarino «Nautile», capaz de bajar a 6.000 metros de profundidad

Vertidos radiactivos en la Fosa Atlántica / Andrew Kerr / Greenpeace
Lara Graña
Los vertidos de restos de material radiactivo en los océanos se iniciaron en el año 1946, a unas 43 millas náuticas de la costa de California, y remataron en la fosa atlántica en 1982. De nada sirvió que, entre medias, la Convención sobre la Alta Mar de Ginebra (1958) estipulase explícitamente que era una práctica de alto riesgo y que debía prohibirse. Así rezaba el artículo 25 de aquel tratado: «Todo Estado está obligado a tomar medidas para evitar la contaminación del mar debida a la inmersión de desperdicios radiactivos» y «todos los Estados están obligados a colaborar con los Organismos internacionales competentes para evitar la contaminación del mar [...] resultante de cualesquiera actividades realizadas con sustancias radiactivas o con otros agentes nocivos». Entre los firmantes estaban Reino Unido, Francia, Países Bajos, Suecia o la República Federal de Alemania, los países más prolíficos —sin contar con Bélgica, que no consta como firmante— en lo de utilizar el mar como un vertedero.
La costa del Atlántico fue, en particular, la más perjudicada por este incumplimiento: de los con 85,52 46 PBq (el bequerelio es una unidad de medida para el material radiactivo) vomitados al agua durante esos 36 años —que se sepa—, la mitad (42,31 PBq) son los que reposan a día de hoy en la fachada atlántica ibérica; la mayoría, con 15 puntos de vertidos, a partir de 300 millas de la costa de Galicia. Fueron decenas de miles los barriles lanzados en la zona desde buques mercantes —en torno a 220.000—, cuyo estado nunca ha sido evaluado científicamente por la Comisión Europea, que lo ha dado por bueno pese a reconocer que ignora su grado de corrosión o el efecto en el ecosistema. Fue Francia, en una misión comandada por el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS, el CSIC francés), quien ha asumido este rol. A finales de este mismo mes volverá al área en la que ya trabajó hace un año para realizar un trabajo «más preciso» y determinar, finalmente, los eventuales efectos de la contaminación radiactiva.

Ubicación de los residuos radiactivos lanzados al mar / Hugo Barreiro
Se trata de la segunda fase del denominado Proyecto Nodssum, en la que el equipo liderado por Javier Escartín y Patrick Chardon tomarán muestras de los sedimentos junto a los propios barriles. En la primera fase la misión tuvo que realizar, en primera instancia, un cartografiado de la zona, a unas 540 millas al noroeste de Fisterra. El despliegue del robot submarino UlyX permitió la toma de muestras de agua y sedimentos, y también se subieron peces a la cubierta del oceanográfico L'Atalante. No se detectó actividad radiactiva anormal. La diferencia ahora es que la toma de muestras será de mayor precisión, como apuntó Escartín a FARO, porque las muestras se obtendrán «lo más cerca posible de los barriles y se realizarán observaciones directas». El buque partirá de Francia el 27 de mayo y los trabajos de investigación se prolongarán hasta el 29 de junio, como ha concretado la Université Clermont Auvergne, a la que está adscrito Chardon.
Pero esta vez llevará en cubierta el único robot submarino tripulado del Ifremer (Institut Français de recherche et d'exploitation de la mer, equivalente al Instituto Español de Oceanografía), bautizado como Nautile. Están programadas una veintena de inmersiones «que permitirán observaciones sin precedentes de las profundidades marinas». Con 18 toneladas de peso, el Nautile tiene capacidad para bajar a unos 6.000 metros de profundidad; sus prospecciones se realizan con tres personas en el interior, con un científico, piloto y copiloto.

El submarino «Nautile», del Ifremer / Ifremer / Stéphane Lesbats
Bruselas
Pese a la cantidad de barriles identificados en la primera campaña de Nodssum y a la preocupación que genera un yacimiento mayúsculo de residuos radiactivos en costas como la atlántica, desde la Comisión Europea no ha habido cambio de parecer. La última iniciativa parlamentaria formulada en Bruselas sobre estos vertidos oceánicos fue formulada por los populares Francisco Millán Mon y Adrián Vázquez Lázara, y fue respondida por el comisario de Pesca y Océanos, Costas Kadis, el 5 pasado de diciembre.
«Parece evidente que la Comisión sí tiene competencias en la gobernanza oceánica, como demuestran el reciente Pacto por el Océano y el Acuerdo sobre la diversidad biológica marina», expusieron los eurodiputados, que cuestionaron a Kadis sobre la posibilidad de promover una investigación «para su monitoreo y también para el estudio de posibles medidas con el fin de neutralizar los riesgos de vertido». No sucederá. «Aunque esta cuestión mencionada por Sus Señorías no se abordará específicamente en el marco de la Iniciativa de Observación del Océano, los Estados miembros ya pueden llevar a cabo la observación de radionucleidos», remacha la respuesta del comisario.
En aquellos barriles se metía de todo, forrados a veces en hormigón o alquitrán: restos de experimentos, guantes médicos, cristales, esferas luminizadas defectuosas... Hasta containers enteros (al menos 12) procedentes de universidades escocesas. Los materiales arrojados al mar tenían radiación beta, gamma, alpha o de tritio.
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