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Protección a la infancia

Olalla, acogedora de dos hermanos con dedicación exclusiva: «Ni lo haces por ti ni por trabajo o vocación, es una forma de vida»

Cada vez más familias se suman al acogimiento especializado para dar hogar a menores con necesidades especiales que requieren una atención más intensa que la del acogimiento ordinario, con contrato y compensación económica que reconoce una dedicación exclusiva

Olalla con uno de sus niños de acogida, el menor de dos hermanos.

Olalla con uno de sus niños de acogida, el menor de dos hermanos. / Jose Lores

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Noela Vázquez Dosil

Santiago

Olalla siempre se había planteado la adopción o la acogida. Estudió magisterio, y no tardó mucho en descubrir que ayudar a niños con dificultades era su vocación. Pero siendo autónoma, con las horas que eso implica, «era inviable»: «no iba a poder darles las atenciones que necesitasen». La idea quedó aparcada, hasta que hace dos años y medio empezó a buscar información y apareció AcollES+. «Al principio me dio miedo. ¿Cómo voy a dejar mi trabajo, después de 20 años? Pero hablé con Aldeas Infantiles y hubo un momento en el que me dije ¿por qué no?. Después, cuando me lo empezaron a explicar, todo era muy coherente».

Hoy lleva seis meses acogiendo a dos hermanos, una niña de 11 y un niño de 7, que llevaban un lustro dentro del sistema. Es una de las 17 familias del programa de Acogimiento Familiar Especializado con Dedicación Exclusiva de Aldeas Infantiles SOS Galicia, pensado para menores con necesidades especiales. La persona acogedora se dedica a ellos en exclusiva, con contrato y una compensación económica que cubre los gastos de los niños y reconoce esa dedicación.

Mantener juntos a los hermanos es algo que se intenta siempre, porque al final «ya tienen una desvinculación grande con su familia de origen». Sin idealizarlo, señala Olalla, «para ellos es importante tener ese arraigo y vínculo, enfrentarse juntos a situaciones difíciles es más fácil». Y precisamente por esto, el programa también fomenta mantener el contacto con la familia de origen, siempre que se pueda.

Además, un aparte fundamental de programa es el acompañamiento técnico. «No solo te guían en todo, te preparan y te apoyan», explica. Porque los niños que llegan a este programa cargan con historias difíciles. «La mayor dificultad es generar vínculos sanos», reconoce. Las experiencias previas que han tenido normalmente no han sido buenas, y hay patrones que deben desaprender: «Tienes que demostrarles que vas a ir con ellos hasta el fin del mundo. Te lo tienes que ganar».

Y hay que hacerlo sin idealizarlo. «Hay quien piensa que los niños llegan y desde el minuto uno van a estar súper agradecidos contigo, que todo va a ser maravilloso, pero hay mucha resistencia precisamente por esa desconfianza». Debe abordarse desde la comprensión plena: «Yo he oído lo de que todos los niños tienen rabietas, pero no a este nivel, porque no todos los niños han pasado por lo mismo».

Tras seis meses, es categórica: «No es algo que hagas por ti ni por un trabajo ni por vocación profesional. Esto es una forma de vida, estás 24 horas al día con ellos». Y los resultados, pequeños pero enormes, hablan solos: los resultados, pequeños pero enormes, hablan solos: participan en extraescolares, van juntos «a todos lados» y «tienen una expresión emocional que antes no tenían». «Ahora hablamos de todo», celebra. «Me da igual que estudien o que no, lo importante es que de aquí salgan buenas personas, que sean felices y tengan opciones para decidir lo que quieren hacer con su vida», asevera sobre su futuro.

Finalmente, a quien se lo esté planteando, su recomendación es abrirse a informarse, aunque se planta firme en una cosa: «No puedes tomar la decisión de participar con la idea de que si no funciona, el niño se vuelva. No me cabe en la cabeza, porque es precisamente el miedo central de estos niños y niñas».

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