Dependencia
Carmen Villar, auxiliar de ayuda a domicilio desde 2009: «Somos las esclavas de la dependencia. No faltan cuidadoras; el SAF las está expulsando»
Auxiliares del Servizo de Axuda ó Fogar en Galicia denuncian atender tres domicilios a tres horas diferentes del día y sin cobrar desplazamientos, sueldos de 600 euros, lesiones profesionales invisibilizadas y una falta de prevención que convierte el cuidado en un trabajo imprescindible, pero insostenible

Carmen Villar, trabajadora del SAF en Pontevedra: «Acabamos destrozadas física y mentalmente» / Fdv
Carmen Villar Outes empezaba el día durante casi 15 años entrando en casas ajenas para sostener vidas que ya no se sostienen solas. Asear, levantar, acompañar, escuchar y cargar cuerpos en baños estrechos, habitaciones sin adaptar y horarios partidos que no siempre cuentan como trabajo.
Lleva desde 2009 en el Servizo de Axuda ó Fogar en un concello de la provincia de Pontevedra y rechaza el diagnóstico repetido por administraciones y empresas: que «no hay mano de obra». «Lo que no hay son condiciones dignas», resume.
Su testimonio retrata la grieta de un servicio esencial en Galicia: se necesitan cuidadoras, pero el propio sistema las empuja fuera con salarios insuficientes, desplazamientos impagados, lesiones invisibles y una prevención que sigue llegando tarde.
Los datos confirman que la Axuda ó Fogar no logra salir del atolladero. A fecha de mayo, recibían atención en casa 18.607 personas dependientes en Galicia, un 16% menos que hace un año y un 26% menos que en el mismo periodo de 2024. Son 6.600 beneficiarios menos en dos años.
La Xunta incrementó este año la financiación tras un acuerdo con la Federación Galega de Municipios e Provincias, pero la Fegamp sostiene que la aportación sigue siendo «insuficiente». Los concellos, además, advierten de una combinación difícil: dispersión poblacional, envejecimiento y falta de profesionales para cubrir el servicio.
Carmen escucha ese último argumento con incomodidad. «Cuando se dice que no hay mano de obra en el Servicio de Ayuda a Domicilio, se suele poner el foco en que la ge
Pocas llegan a la jubilación bien; físicamente acaban destrozadas
nte no quiere trabajar», explica.
Pero desde dentro, dice, el diagnóstico es otro: «No es un problema de falta de vocación y profesionalidad, sino de una profunda crisis de precarización estructural».
La paradoja es que falta personal mientras muchas trabajadoras sobreviven con contratos parciales. «Somos las esclavas de la dependencia», denuncia. Según relata, es habitual que la empresa organice «una hora por la mañana, otra hora al mediodía y otra a la tarde» para atender tres domicilios diferentes.
Entre medias quedan tiempos muertos que no computan como jornada real, pero que impiden organizar otra vida. «No te puedes buscar otro trabajo porque tienes disponibilidad por si te llaman para otro domicilio», añade.
Hasta seis domicilios en un día
La jornada mínima ronda las 25 horas, con unos 820 euros al mes. Otras auxiliares, si no completan horas, se quedan en 600 o 700 euros. Y quienes llegan a jornada completa pueden atender hasta seis domicilios en un solo día. El problema, insiste Carmen, no es solo cuánto se cobra, sino qué queda fuera del salario.
«Con coche propio, no pagan ni el tiempo de desplazamiento ni cuentan los kilómetros porque son horas sueltas», señala. Gasolina, desgaste del vehículo y disponibilidad acaban muchas veces a cargo de la plantilla.
Hasta hace poco, además, el teléfono personal funcionaba como una prolongación del puesto de trabajo. «Tu teléfono particular tiene que estar disponible», recuerda. La disponibilidad gratuita no aparece en los cuadrantes, pero condiciona la vida entera. Hace imposible conciliar, dificulta buscar otro empleo y convierte las horas sin servicio en una espera permanente.
La precariedad también se mide en el cuerpo. Las auxiliares movilizan a personas con dependencia, las levantan, las asean y las acompañan en viviendas que no siempre están preparadas: baños pequeños, camas bajas, pisos sin ascensor. «Las auxiliares son mulas de carga en los domicilios», afirma Carmen.

Auxiliares de ayuda en el hogar: Carmen Villar es una de ellas en Pontevedra. / Rafa Vázquez
Si hace falta una cama articulada y la familia o la persona usuaria no la acepta, el esfuerzo recae sobre la trabajadora. Luego llegan las lumbalgias, las hernias, los dolores crónicos. «Las mutuas dicen que todo es degenerativo y no se registran accidentes laborales», denuncia.
Otras compañeras de Carmen consultadas equiparan la situacion con los trabajadores de la construcción. «Sería impensable que un obrero siguiera cargando a la espalda con un saco de 60 kilos hoy en día, ¿no? ¿Por qué nadie mira para nosotras?».
Ese desgaste, dice, apenas cuenta como riesgo laboral. Las lesiones musculoesqueléticas se tratan demasiadas veces como dolencias comunes, no como consecuencia de un trabajo físicamente exigente. «Pocas llegan a la jubilación bien; físicamente acaban destrozadas», resume.
A ello se suma una lógica de licitaciones públicas que, según critican las trabajadoras, prima la oferta más barata sobre la calidad del empleo. Para ajustar costes, denuncian, se recorta en personal, formación, equipos de protección y salarios.
El fondo del problema tiene también una raíz cultural. Cuidar sigue siendo un trabajo feminizado, visto durante demasiado tiempo como una extensión natural de lo que hacen las mujeres en casa.
Se exige responsabilidad, formación y profesionalidad, pero se paga y se protege como si tuviera poco valor. «Se piden profesionales, pero da igual cómo desempeñen su trabajo», lamenta Carmen.
El día 30 se cumplirá un año de la muerte de Teresa
A esa falta de reconocimiento se suma la prevención pendiente. Tras lo ocurrido el año pasado con Teresa, el sector espera aún un protocolo de agresiones que, según aseguraron a este medio fuentes sindicales, está a punto de salir a la luz, pero todavía sin cerrar ni publicar. El 30 de julio se cumplirá un año de su muerte. «Mi mente estará en ella ese día. Para mí, como profesional del sector, el 30 de julio nunca lo olvidaré. Mi corazón sangró mucho ese día y sigue sangrando porque no se ven avances», dice Carmen.
También menciona los episodios de calor extremo. «Y prevención por el aviso rojo en ayuda a domicilio, nada. Ni medidas preventivas. Sal con calor y ya», lamenta. En un servicio que entra en los hogares de las personas más vulnerables, la protección de quienes cuidan sigue llegando tarde.
La Axuda ó Fogar queda así atrapada entre la necesidad social y la precariedad laboral. Las personas dependientes necesitan atención en casa. Los concellos necesitan garantizarla. Las empresas necesitan cubrir turnos. Pero las trabajadoras necesitan poder vivir de su empleo sin enfermar y sin quedar disponibles todo el día por salarios que no sostienen una vida. Como las que ellas levantan cada día.
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Fuente: Faro de Vigo
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