“Yo ahora estoy en el castillo, propiedad de Pepe, y que es una finca de lo más bonito y romántico que usted puede figurarse: una isla en el mar, teniendo enfrente y viendo La Coruña y la Torre de Hércules. Debe de ser este sitio muy sano: se respiran únicamente brisas marinas, yodo y otros ingredientes de esos que reconstituyen. No sé hasta cuándo estaremos aquí; creo que mientras mamá se encuentre bien, y no nos sea urgente ir a Meirás para algún trabajo”. Emilia Pardo Bazán escribió esta carta el 22 de septiembre de 1896 invitando a la familia del militar y escritor Luis Vidart a “tomar aires de mar” en esta menos conocida residencia veraniega en el municipio de Oleiros, a escasa distancia de Meirás: una antigua fortificación militar que compró su marido José Quiroga y que el matrimonio con los años fue remodelando, dándole un aspecto parecido al del pazo de Sada.

Blanca Quiroga con unos pínfanos, huérfanos de los militares, en el castillo. // Real Academia Galega

Las dos propiedades de veraneo de Emilia Pardo Bazán, en Sada y en Oleiros, tienen curiosas similitudes: ambas fueron reformadas dándoles un aspecto entre pazo y castillo con torres y almenas, en los dos casos hubo un expolio de bienes y las dos hoy en día son Bien de Interés Cultural (BIC) y son públicas. En el caso del castillo de Santa Cruz, es desde 2001 la sede del Centro de Extensión e Investigación Ambiental de Galicia (Ceida). En Meirás, aún se busca qué uso público mientras se lucha contra la familia del dictador por piezas como la biblioteca y las esculturas.

Emilia Pardo Bazán pasó temporadas en este castillo pero tras su separación ella se quedó en Meirás y su marido pasó a vivir casi todo el tiempo en esta isla. Él a su muerte lo legó a una de las hijas, Blanca,que se casó en 1910 en la capilla de Meirás con el capitán general Cavalcanti pero pasaron la noche de bodas en el castillo según una crónica del Abc. Blanca y su marido, como marqueses de Cavalcanti, también hicieron parte de su vida en este recinto. Tras la muerte de ella en 1938, donó el castillo al patronato de huérfanos del Ejército.

Vista general de la isla y el castillo de Santa Cruz en Oleiros. | // M.V.

“El espacio responde a los gustos del matrimonio Cavalcanti-Quiroga pero está construido con elementos que proceden del mismo universo íntimo que ahora pertenece a la Casa Museo Emilia Pardo Bazán”, escribe en una publicación Xulia Santiso, directora de la Casa Museo, quien recuerda que algunas piezas de esta sala expositiva fueron “elaboradas en este paraje y para lucir en él”, en el castillo, como unos arcones tallados por el propio marido de la escritora.

En la Real Academia Galega también se conserva, según Santiso, un secreter procedente también del castillo. Esta conservadora analizó la etapa de Pardo Bazán en Santa Cruz a través de las postales del fotógrafo Pedro Ferrer que retrató el lugar.

Fachada del castillo, hoy sede del Ceida, en la actualidad. | // M.V.

En el castillo quedan hoy pocos elementos de la época de José Quiroga y Emilia Pardo Bazán. El artesonado de madera, parte del arbolado del jardín romántico, el singular palomar subterráneo y la configuración arquitectónica, el aspecto exterior actual de ese edificio. Los dos cuadros de la entrada son copias de los que existían y que se trasladaron a la Casa Museo para garantizar su conservación, lejos del mar: el de Cavalcanti de Francisco Lloréns y el óleo de Doña Emilia realizado por Gustav Wherteimer en 1887. En este museo también se expone la carta de la escritora a Vidart escrita en el castillo y donada por Maurice Hemingway.

“El artesonado es toda una innovación de la pareja. Parecen azulejos pero es cartón piedra, un trampantojo del encuadernador y decorador barcelonés Hermenegildo Miralles, que patentó este revestimiento decorativo a base de papel, con inspiración en el mundo árabe y con letra cúfica. Es algo muy excepcional y en su época lo más moderno que había. En Barcelona lo empleaban Gaudí, Puig i Cadafalch”, relata Ana Justo, técnica de Cultura del Concello de Oleiros.

Artesonado de la sala de exposiciones del Ceida, que se conserva de la época de Doña Emilia. | // M. V.

“Queda muy poco de la época de Doña Emilia porque hubo un expolio muy grande cuando lo ocuparon los militares, las lámparas por ejemplo, fueron a despachos que se conocen. Y después, cuando los militares lo entregaron al Ayuntamiento, como no estaban nada de acuerdo con marcharse, tiraron por los muros abajo piezas como vajillas, la loza. Trozos de esas piezas estaban en algunas casas de la zona. También se sabe, por transmisión oral, que ese día de la entrega del castillo alguien prendió fuego a los libros de la biblioteca”, explica Verónica Campos, vecina de la localidad y educadora ambiental del Ceida desde que se creó en el castillo, además de ser gran conocedora y apasionada de la vida e historia de la escritora.

El episodio de la vajilla y mobiliario destrozado arrojado por los muros del castillo por los militares justo antes de entregarlo al Concello en 1989, entre los que se encontraba la “cristalería de música” (cada pieza representaba una nota musical), está relatado por los mayores de los talleres de memoria de Servizos Sociais en la publicación Oleiros na memoria.

La etapa de Quiroga y Pardo Bazán, y la posterior con los huérfanos, llamados popularmente pínfanos, permanece imborrables en los residentes en esta localidad, al transmitirse de padres a hijos las historias y vivencias. “Los vecinos recuerdan lo que les contaban de las fiestas del castillo, venían embarcaciones desde A Coruña engalanadas con banderas, y llegaron también los primeros coches a Santa Cruz”, añade Campos.

Torreones en la entrada al castillo. En el cuadrado se decía que tenía la biblioteca la escritora. | // M.V.

En esta isla en la costa de Oleiros se decidió construir una batería militar tras el ataque de las tropas de Drake, y en 1640 estaba terminada. Al igual que el castillo de San Antón y el de Ferrol, defendía toda la bahía coruñesa. Esta fortaleza contaba con ocho cañones, uno de ellos disparaba a diez kilómetros de distancia. Se construyeron también pabellones para unos 200 soldados. En el siglo XIX dejó de tener esa función de defensa militar y el Estado desamortizó la propiedad, que fue subastada.

La compró José Quiroga y Pérez de Deza. “Aunque no sabemos la fecha exacta, contamos con la excepcional aportación de un vecino de Santa Cruz que aún recuerda que éste le contó que pagó por la casa y el terreno lo que entonces costaba una pareja de bueyes”, señala Xulia Santiso en un artículo en La Tribuna. Cadernos de Estudos da Casa Museo Emilia Pardo Bazán.

Por la prensa de la época se conoce que en mayo de 1892 el marido de Pardo Bazán ofreció un banquete al que acudieron importantes personalidades que se trasladaron en lanchas del muelle de Santa Cruz al castillo, que en marea alta quedaba inaccesible a pie. Decían las crónicas de la época que Quiroga había rehabilitado el recinto, hizo un embarcadero, una ostrera y un sendero alrededor de la isla. Tenía huerta, jardín, prado, capilla, palomar, corral con aves, casa de labranza y talleres donde trabajaba la madera, al ser un reconocido ebanista.

Imagen de un salón del castillo en la época de la hija de Quiroga y Pardo Bazán //.Cadernos Estudos EMP

Los Quiroga-Pardo Bazán dieron al castillo el aspecto actual tras varias reformas (en los años cuarenta, cuando pasó a los militares, se le añadió una segunda planta al cuerpo central para los huérfanos) que recuerda a Meirás, flanqueado por dos torres almenadas. También se levantan entonces dos torreones en la entrada, uno redondo y otro de planta cuadrada. “La tradición oral dice que en la torre cuadrada estaba la biblioteca de Doña Emilia”, apunta Verónica Campos. El castillo, que se construyó para los militares, fue civil solo con Quiroga y Doña Emilia y luego su hija Blanca, pero ésta última lo devolvió a los militares para el uso de sus huérfanos.

Muchas generaciones de pínfanos veranearon en el castillo y guardan un “recuerdo imborrable”, hasta el punto de que, ya mayores, muchos han venido de toda España al Ceida para recorrer de nuevo la isla, de la que se escapaban para ir a las verbenas de Santa Cruz. Tras finalizar estas estancias en 1978, el Ayuntamiento compró el inmueble a los militares por 89 millones de las antiguas pesetas y en 2001 abrió el Ceida tras un acuerdo con la Xunta y la Diputación.