Tener 76 años y conservar la mirada y la sonrisa de un niño es un secreto que Ricardo Gómez Pico se ha llevado con él. A cambio, deja aquí más de medio siglo de labor social que le sitúa en el reducido grupo de los que vienen al mundo para arreglarlo, con centenares de personas que a lo largo de todos estos años han mejorado su vida gracias a su incesante actividad y su capacidad extraordinaria para lograr que los que tenían más se rascasen más el bolsillo. En esto era el rey gracias a una extraña cualidad: era imposible decirle que no a nada de lo que pedía.

Este vecino de Montrove nacido en A Coruña se integró hace décadas en el Club de Leones coruñés y en 2012 se encargó de fundar la agrupación en Oleiros, que presidió y de la que actualmente también formaba parte dentro de la directiva. Una de sus primeras acciones en esta entidad fue una recogida de gafas graduadas para donar a Centroamérica. Una de las actividades que promovió de la que estaba más satisfecho era la entrega de becas anuales a tres estudiantes para iniciar sus estudios universitarios, donde se tenía en cuenta su expediente académico y sus recursos económicos.

Ricardo nunca supo el significado de la palabra jubilación, y aún podías encontrarlo en la oficina en cualquier momento, recibir montones de correos electrónicos (el último, hace unos días, pidiendo difundir la llegada del vehículo de transfusión de sangre a Oleiros) o llamadas preguntando si conocías a alguien que le sobrase un ordenador, si conocías a alguien que necesitase a un carpintero, a un albañil, que había una familia en la que ambos progenitores se habían quedado en paro.

Era al que siempre se recurría cuando alguien, en la comarca coruñesa, necesitaba que se le echase una mano: agrupaciones de Leones de otras localidades como la de Sada, instituciones como Cáritas, colectivos como el Comité Antisida Casco, para el Banco de Alimentos, o para el centro de acogida e inclusión social Hogar de Sor Eusebia, del que formaba parte como secretario. Hasta el último minuto.

“Hace unos días, desde el hospital, se puso en contacto conmigo para indicarme que tenía unos vales de comida, en su oficina, de los que donamos a gente, para que por favor los recogiese y los entregase a aquellos que lo necesitan. Es un ejemplo de las miles de enseñanzas que Ricardo nos deja. La última reflexión que se hizo en nuestra asamblea ordinaria mensual decía que lo que hacemos por nosotros mismos se va con nosotros, mientras que lo que hacemos por los demás permanece y es inmortal”, relataba Adrián Amieiro, tesorero de los Leones de Oleiros, que resaltó la “huella imborrable” que les deja a todos los que le conocieron.

“Se hacía querer”, era una de las frases más repetidas ayer entre los amigos que se congregaron para despedirle y mostrar a su familia el dolor de la pérdida. Él lo repetía constantemente, era una de sus frases más características: “Ricardo no va a estar ahí siempre”. Por eso buscaba todo el tiempo nuevos socios, personas jóvenes que quisiesen y tuviesen tiempo para ayudar a los demás, para que hubiese relevo.

Como Melvin Jones, fundador original de los Leones en 1917, fue corredor de seguros, y como él ha fallecido un mes de junio. El último día de la primavera. Ricardo nació en la Ciudad Vieja hijo de padres lucenses que emigraron a A Coruña en plena guerra civil para abrir un pequeño ultramarinos, Mantequerías Gallegas, entre otros negocios. Le encantaba el dulce y el cine, se mareaba con solo mirar un barco, amaba sobre todas las cosas a su familia.

El carisma es una cualidad muy valorada en política y él la traía de serie así que le llamaron y tuvo su etapa como concejal en la candidatura independiente La Coruña Unidad, con Joaquín López Menéndez, Álvaro Someso, Luis Ripoll y Carmen Fernández Gago. 

Ricardo reconocía que la caridad no basta, por lo que intentaba llegar al fondo del problema, enseñar a pescar y dar la caña, buscar trabajo para quien lo necesitaba, incluso llevarle en su propio coche si alguien no lo tenía para acudir a cursillos de formación. 

Ahora es cierto, Ricardo ya no está aquí, pero ha dejado muchas luces encendidas y, como decía Celso Emilio: “O lume que alampea xamais o veredes morto”.