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La Opinión de A Coruña

Un bastión contra el maltrato

Un equipo de la Guardia Civil especializado en violencia de género realiza seguimientos, entrevistas y evaluaciones de riesgo desde Cambre para todo el partido judicial de A Coruña

Iglesias, Castro, Moreno, Vázquez y Ferreiro, a la puerta del cuartel de Cambre, esta semana. | // VÍCTOR ECHAVE

“Vete preparando las flores para la niña”, dijo ante su propio abogado un agresor a su expareja y madre de la niña de tres años que tienen en común. Y ella ni así veía el peligro. “No era capaz de denunciar porque estaba paralizada por el miedo”, aseguran efectivos del grupo de la Guardia Civil especializado en violencia de género que opera desde Cambre para todo el partido judicial de A Coruña. “Psicológicamente es complicado”, asegura el cabo, Pablo Iglesias, responsable del equipo que integran también Fabiola Moreno, Sandra Vázquez, Iria Castro, José Antonio Ferreiro y Juan Manuel Lamas. Con tiempo y ayuda de una familiar, la mujer se quitó la venda de los ojos y denunció. Y él, contra la tendencia mayoritaria, tomó consciencia de lo que había hecho —maltrato psicológico y amenazas de muerte a la madre y a la niña— y quiso buscar ayuda para ponerle remedio y freno. Pero faltan recursos en ayuda especializada a agresores de verdad arrepentidos, lamenta Vázquez.

Instrucción de diligencias, seguimiento de víctimas, evaluación del riesgo y entrevistas a víctimas y agresores centran la labor del equipo. La principal ventaja para guardias y, sobre todo, para las víctimas, es el poder centrarse y prestar atención a cada caso y persona que atienden, sin las distracciones de llamadas o el solapamiento de denunciantes al mismo tiempo que se topaban cuando no se habían especializado en violencia de género, situaciones que dificultaban aún más la ya de por sí complicada labor de relatar los dolores infligidos por un compañero de vida. Ahora, saben a quien dirigirse directamente, hay un agente que lleva su caso, explican.

La dependencia económica suele suponer la principal traba para denunciar y poner tierra de por medio. Inciden en que existen, a disposición de las víctimas de violencia de género, viviendas de acogida para los casos en que se necesite salir rápido del domicilio, además de otros recursos, como ayudas a la vivienda o económicas. En el caso opuesto, “en las clases medias o de ahí para arriba es más difícil que denuncien; arreglan entre ellos”, cuenta Vázquez.

El miedo a que no se las crea es otra de las barreras que con más frecuencia mantiene bajo el yugo a mujeres maltratadas. Y en muchos casos azota también la falta de una educación que permita ser conscientes, a víctimas y agresores, de que ciertos comportamientos y actos no son tolerables, cuentan los guardias civiles. Algunos agresores llegan al cuartel y no entienden todavía qué hay de malo en haber revisado los teléfonos de sus parejas e incluso en haberlas amenazado. Porque no ven nada malo en amenazar si no se llega a ejecutar. Y algunas mujeres han asimilado como normal el insulto o el desprecio, al punto de llegar a creer que el rebatir o defenderse en una discusión justifica los ataques de la otra parte.

Una chica decía a los agentes: ‘Bueno, la verdad es que yo tampoco me callo’, como si eso explicara las agresiones verbales y el maltrato psicológico que sufría, relatan los guardias. Apuntan que estos casos son preocupantes entre los más jóvenes ya que, según estudios, si se comete maltrato antes de los 24 años resulta más probable que se reincida. Señalan también que los hombres criados en familias desestructuradas o con violencia suelen reproducir esos patrones, salvo que actúen para atajarlos.

Los guardias celebran la existencia de casos contrarios: mujeres que, contra todo pronóstico, un día dicen “basta” y cierran la puerta tras de sí. Como una víctima de maltrato psicológico que, tras 50 años de matrimonio, se decidió a denunciar y abandonar el domicilio conyugal. La aportación de su hija fue clave. Había presenciado escenas de violencia en casa de sus padres pero, al vivir una ya de adulta y en su propia casa, decidió que debía ser la última, y apoyó y arropó a su madre para dejar y denunciar a su padre.

Los agentes, que se apuntaron al equipo de forma voluntaria, celebran poder prestar la debida atención a cada caso y reforzar el servicio dedicado a la violencia de género. Admiten, eso sí, de que están muy exigidos y necesitarían refuerzos para abordar con soltura todos los casos que les llegan.

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