Adiós a Julio Sacristán, el "siempre alcalde" de Culleredo
Hombre de partido, defendía con vehemencia las ideas y políticas del PSOE en debates locales, combinaba el trato cercano a los vecinos con el estudio de documentos y gran conocimiento de obras y servicios municipales y convirtió los servicios sociales y la educación en las banderas de su gestión en la Alcaldía, que ostentó durante 34 años

Julio Sacristán, en un acto de campaña de las elecciones autonómicas de 2012. / 13FOTOS
«Sí, en general, me siguen llamando ‘alcalde’. Es muy común, muy normal», contaba hace poco más de un año a este diario, con motivo de la presentación de sus memorias, Julio Sacristán, el «siempre alcalde» de Culleredo, como le nombró su sucesor, José Ramón Rioboo. El título del libro, que escribió su amigo y experiodista de Radio Culleredo Francisco Gutiérrez, revela, claro y conciso, cómo vivió —y gobernó durante 34 años— el municipio: Culleredo, mi pasión. Julio Sacristán falleció este martes a los 71 años tras serle detectado un cáncer en 2021.
Su sonrisa pronta hacía afable el trato con un hombre reservado, de pocos amigos íntimos. De mente ágil, recurría con frecuencia y ligereza a un humor con toques de retranca que ablandaba lo crítico y profundo conocedor que era de la política y su entorno. Peso pesado de la cosa pública comarcal desde la democracia, era hombre de partido, llevaba a los debates en la arena municipal el clásico PSOE-PP y defendía con vehemencia las políticas e ideas socialistas hasta en el más local de los asuntos plenarios. Combinaba el trato cercano con los vecinos con mucha labor de despacho, de estudio de documentos y seguimiento de los trámites y tenía gran conocimiento de las obras y servicios municipales.
Pero fueron los servicios sociales y la educación sus grandes banderas. Recordaba con especial satisfacción haber situado al Concello cullerdense como «pionero» con la puesta en marcha del área de servicios sociales, algo «muy importante», y la construcción de centros educativos. «Cuando entramos, había colegios con más calderos para recoger las goteras que alumnos en el aula. Y ratas en algunos barracones que no reunían las condiciones y los servicios necesarios», contó a este periódico. Incidió también en la creación de un local social en cada parroquia.
Maestro de formación, la docencia lo llevó a Culleredo desde Cogeces del Monte, Valladolid, donde nació. «Siempre he estado vinculado a Culleredo. Desde que vine a trabajar en la Laboral, luego fui presidente de la Sociedad Cultural, del equipo de fútbol de O Burgo y luego fui alcalde. No he vivido en otro municipio más que en el que nací y en éste. Y creo que le puse pasión a la labor que realicé como alcalde», reflexionaba con el alumbramiento de sus memorias.
Entonces, y todavía ahora, su estado de Whatsapp revela su genuina implicación en la vida política y las gestiones municipales. «En el trabajo», reza. Y él mismo confesaba en 2024 que nunca había dejado de atender consultas de vecinos, asistir a reuniones del partido a nivel provincial o comer con alcaldes o exalcaldes. Eran conocidas sus habituales partidas de tute junto a otras dos figuras clave de la política del área metropolitana de A Coruña, ninguna de su partido: el alcalde de Oleiros, Ángel García Seoane (Alternativa dos Veciños), y el de Abegondo, José Antonio Santiso (PP), actual presidente del Consorcio As Mariñas, que primero lideró Sacristán. «Tuvo mucho que ver en el nacimiento del Consorcio y del Grupo de Desarrollo Rural (GDR) Mariñas-Betanzos», asegura Santiso, afectado por la muerte de su «amigo». Fue Santiso quien le organizó una comida de alcaldes cuando Sacristán dejó la vara de mando cullerdense.
Desde que abandonó la Alcaldía, en 2017 —por motivos personales y de salud, explicó sobre el cambio de guardia por el que dejó en su lugar al que había sido su delfín, rival y una suerte de hijo pródigo, Rioboo—, dio mayor peso a su familia en su agenda, en la que incluyó el cuidado de un huerto y paseos y cafés con más sosiego. El miércoles tomó uno, como era habitual, con Francisco Gutiérrez. Venía del hospital, aquejado por consecuencias del cáncer que le había dejado sin medio pulmón. «Tenía planes. Quería que hiciésemos una comida en agosto», cuenta, también afectado por la pérdida, el periodista que inmortalizó su pasión por Culleredo.
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