De solar abandonado en Sada a huerto vecinal: «Hay un ambiente maravilloso»
Vecinos firmaron un acuerdo de cesión con la propiedad para usar este terreno sin uso en pleno centro a cambio de asumir su mantenimiento: «Aquí lo compartimos todo», destacan

Vecinos de Sada en el huerto que acondicionaron en el solar abandonado de la Rúa da Praia. | | IAGO LÓPEZ / Iago Lopez
Una iniciativa vecinal ha permitido dar una nueva vida a un solar de la zona de O Curruncho, en Sada, que llevaba años en estado de abandono. La maleza ha dado paso a un huerto que cumple la doble función de llenar las despensas del barrio y estrechar lazos entre los residentes en este rincón de Sada: «Hay un ambiente maravilloso», cuenta Paris Joel, secretario de la Asociación Veciños da Obra, impulsora de esta iniciativa.
El terreno, ubicado al fondo de la Rúa da Praia, es propiedad de una congregación religiosa que ha accedido a firmar un convenio de cesión con este colectivo sadense. El acuerdo, que se prorroga anualmente, permite a los residentes hacer uso del solar a cambio de correr con los gastos de su mantenimiento.
«Estaba en muy mal estado, tuvimos que desbrozar, arreglar el cierre...», recuerda Paris. En un principio, Veciños da Obra se proponía acondicionar la parcela para celebrar fiestas y encuentros, pero a su presidente, Antonio González, se le ocurrió la idea de acondicionar un huerto urbano: «Tuvieron tanto éxito que ahora la mitad de la finca es huerto y aún así hay sitio para actividades».
Tomates, nabizas, grelos, lechugas, pimientos, perejil... Según la época del año, en este huerto de la Rúa da Praia puede verse de todo, hasta girasoles, una aportación de Xosé, un vecino del barrio, que causó sensación en el barrio.
A día de hoy están ocupados prácticamente todos los huertos. Para los vecinos, el éxito se debe en buena medida a la «filosofía comunitaria» de esta incoativa. «Aquí lo compartimos todo», resume Paris Joel.

Huerto urbano acondicionado por vecinos de Sada en una parcela abandonada. / Iago Lopez
Los residentes donaron herramientas y hasta una desbrozadora y un cortacésped para trabajar este vergel en pleno casco urbano que brinda a los residentes un paréntesis en su día a día, un oasis de desconexión a dos minutos de sus casas: «Es muy relajante, estás a eso y no piensas en otras cosas», resume un usuario.
«Aquí no hay que pedir permiso para entrar, le damos la llave a los socios para que entren cuando quieran», destaca la asociación.
La finca no solo da sus frutos, también se ha convertido en un espacio de convivencia en el que celebrar todo tipo de fiestas, desde el Samaín al Entroido. El terreno acoge además fiestas infantiles y comidas de confraternización. Eso sí, «cumpliendo respetuosamente» la ordenanza de ruidos: a las 22.00 horas se acabó la fiesta.
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