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Baroke: el mítico templo de A Coruña donde toda una generación aprendió a salir de fiesta

El icónico pub de Sada regaló más de un día inolvidable a los jóvenes de entre los 80 y principios de los 2000

El exterior de la discoteca Baroke, en Sada, durante los años 90.

El exterior de la discoteca Baroke, en Sada, durante los años 90. / YouTube/Jose Underdub

Nunca hay mejores discotecas que las que se recorren en la juventud y, entre ellas, pocas han llegado a estar a la altura de Baroke. La icónica sala de fiestas de Sada, instalada en los bajos de un edificio modernista de Linares Rivas, fue durante décadas uno de los epicentros del ocio para los coruñeses, que se acercaban puntualmente cada sábado para disfrutar en sus pistas de baile.

Dicen los asiduos a la sala que aquel peregrinaje era casi "como una religión", similar a la que se profesaba los viernes a otras discotecas míticas como El Bosque. Con el inicio del fin de semana, había que tomar una decisión estratégica: dirigirse a Ordes para darlo todo en LP45 o desviarse hacia territorio sadense para mover las caderas al ritmo del dance y el techno de un espacio que, históricamente, ya había regalado cientos de jornadas de diversión tanto a la ciudad de A Coruña como a su comarca.

Así era Baroke, la última parada del sábado en A Coruña

Antes de convertirse en Baroke, esta icónica discoteca de A Coruña ya llevaba a sus espaldas muchas horas de ocio. El edificio, de principios del siglo XX, había funcionado antes como teatro y había sido la sala de fiestas El Moderno, que muchos recuerdan con igual o incluso más cariño que el pub en el que luego se convertiría.

Entre los 80 y principios de los 2000, el espacio vivió sus años dorados, con cientos de jóvenes que acudían tanto desde el propio municipio como de lugares cercanos como A Coruña. Aunque la discoteca era la meta, para llegar había que seguir todo un ritual, que comenzaba en los buses con dirección a Sada y terminaba, con suerte, en los sofás que las parejas encontraban al subir desde la pista.

Si bien el Bacardi se despachaba en la barra de forma generosa, eran muchos los que preferían aterrizar en ella ya con cierta alegría en el cuerpo gracias a los brebajes de distintos locales próximos al pub. Cada uno tenía su lugar preferido para hacer el 'calentamiento', pero había tres referentes principales: el Moby Dick -con sus icónicas palanganas-, El Indio y El Cristal, estratégicamente situado al fondo de la calle para despejarse -o todo lo contrario- junto al merendero.

Con el tema de 'los litros' ya resuelto y el pintalabios correctamente retocado, la mítica fachada azul y blanca del Baroke era para los jóvenes lo que la luz a una polilla. Había que pasar el criterio del portero -a veces, más aleatorio de lo uno hubiera deseado- y adentrarse al fin en el paraíso que conformaban las dos pistas del pub, para bailar todo lo que diera el cuerpo bajo sus luces de colores.

A veces, a uno le sorprendía el inicio de 'las lentas', que terminaban de cocinar los flechazos al ritmo de Bryan Adams o Sergio Dalma. Los más valientes se movían -con más o menos soltura- agarrados a sus intereses románticos, aunque la mayor intimidad se conseguía fuera de la zona de baile.

Era en los sofás -estratégicamente situados en rincones más oscuros-, donde la pasión juvenil alcanzaba sus cotas más elevadas. No por nada, esta sala de fiestas de A Coruña se conocía entonces, coloquialmente, como 'guarroque', lo que quizá llegó a suponer un reclamo más fuerte que el ambiente o las actuaciones musicales.

Hubiera o no suerte aquel día, convenía estar siempre atento al reloj para no perder el último autobús de vuelta a casa, donde muchos descansaban todo lo bailado. Si uno lo perdía, solo había dos alternativas posibles: encomendarse a algún alma benevolente haciendo autostop o rebuscar en los bolsillos para un taxi, que haría entonces, probablemente, una de sus mejores carreras.

Otro emblema del ocio coruñés perdido

Como sucedió con muchos de los locales que lideraron el ocio coruñés durante años, también Baroke cerró sus puertas y entró en un proceso de deterioro. El avance de los años 2000 no fue amable con las paradas más míticas de la ruta fiestera de la provincia, como Punto 3, que vieron cómo iba bajando la afluencia de su público.

Hoy, salas como Pelícano o Inn Club concentran gran parte del ocio de A Coruña, aunque sus discotecas históricas no se han perdido del todo. Los jóvenes que las frecuentaron, ya adultos hechos y derechos, aún las tienen ancladas en la memoria y las reviven, de vez en cuando, en alguna conversación de cafetería con sus antiguos compañeros de fiesta.

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