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El rincón costero de A Coruña recomendado por la Guía Repsol para viajar al pasado este fin de semana: una playa secreta de arena fina extendida a los pies de un castro

Este arenal salvaje, situado junto a un Bien de Interés Cultural, ha llamado la atención de la entidad por su "irresistible belleza"

La playa a una hora y media de A Coruña alabada por la Guía Repsol.

La playa a una hora y media de A Coruña alabada por la Guía Repsol. / Concello de Porto do Son

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Con sus más de 900 kilómetros de costa, la provincia de A Coruña se recorta contra el Atlántico con un perfil lleno de recovecos. En ellos, se intercalan pequeñas calas escondidas en las que resulta fácil desconectar del mundo y playas con aguas en las que darse un baño agradable durante los días de verano.

Una de ellas, no obstante, destaca sobre las demás por un título casi honorífico: ser la playa "más deseada de Galicia". Al menos así la cataloga la Guía Repsol en su página web, donde alaba la playa de Area Longa (Porto do Son) por su "poder hipnótico", su paisaje salvaje y los tesoros históricos que la rodean.

La guía no es la única que ha coincidido en señalar esta playa a una hora y media de A Coruña como una de las más recomendadas para visitar en la comunidad. Este mismo año, ha sido elegida entre los arenales más bonitos de España, un tipo de ranking en el que -indican desde la Guía Repsol-, suele figurar este punto del litoral coruñés por su "irresistible belleza".

El Castro de Baroña y su playa, en Porto do Son.

El Castro de Baroña y su playa, en Porto do Son. / LOC

Así es la playa de Area Longa, el paraíso surfero que descansa a los pies de un castro

La playa de Area Longa es un arenal de más de 300 metros que es difícil de vislumbrar desde la carretera de Porto de Son a Queiruga. Por eso, para muchos conserva aún ese encanto de las playas escondidas, que se acentúa incluso más si uno explora antes sus alrededores.

Y es que el enclave se despliega a los pies del Castro de Baroña, un asentamiento desde el que los antiguos vigilaban el mar ya en la Edad de Hierro. El conjunto, declarado Bien de Interés Cultural, está dispuesto sobre una loma frente al rugir del Atlántico y conserva aún los restos de las más de 30 viviendas en las que los castreños hacían vida.

Vista del Castro de Baroña.

Vista del Castro de Baroña. / I.O.

Además de respirar la historia, desde las alturas de este poblado se observa una panorámica casi mágica del arenal, coloquialmente conocido como playa de Baroña. Como se encuentra abierta al océano, las olas suelen romper con fuerza, lo que la convierte en un punto de encuentro habitual para surfistas y amantes de los deportes acuáticos.

La arena es fina y sobre ella descansan desde los naturistas hasta los que quieren pasar un rato tranquilo observando el paisaje. Los momentos de más calma son las mañanas, cuando el arenal está más desierto, aunque también vale la pena acercarse al atardecer para ver morir el sol en el agua.

Un camino lleno de naturaleza

Para la Guía Repsol, la playa coruñesa, el asentamiento arqueológico y el propio camino hacia ambos es una experiencia conjunta que merece la pena vivir en este rincón de las Rías Baixas. Lo primero es dejar el coche junto al restaurante O'Castro y tomar desde allí la senda que lo conecta tanto con el yacimiento como con el arenal.

En la ruta, el visitante se cruza con pinos y helechos y con la decisión de qué ver primero: el castro (derecha) o la playa (izquierda). Si uno baja hacia la zona de area -que se encuentra "escondida entre tupidos bosques"-, se topará en su camino con bayas, moras y laureles, así como con algún que otro maizal que refuerza el carácter agreste del entorno.

Cuando el sol y el océano se hacen demasiado, conviene recoger la toalla y aprovechar las últimas horas de la escapada para descubrir algunos de los otros encantos que rodean este enclave a orillas de la ría de Muros y Noia. A tan solo 10 minutos del castro -que estuvo habitado desde el siglo I a.C. hasta el I d.C.- se encuentran las lagunas de Xuño y Muro y, a apenas cinco, el petroglifo de Laxe da Sartaña, cuyas marcas prehistóricas con forma de ciervo congelan un trozo del pasado en piedra.

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