En las grandes ciudades europeas hay una revolución energética que apenas se ve, pero que puede cambiar la forma en que vivimos en las próximas décadas. No ocurre en las azoteas llenas de placas solares. Está bajo tierra, donde discurren kilómetros de tuberías que transportan algo tan esencial como invisible: calor y frío.
Nuestras ciudades concentran al 75% de la población, consumen más del 65% de la energía mundial y generan más del 70% de las emisiones de CO₂. Son el epicentro del problema, pero también el lugar donde se juega buena parte de la solución. Durante décadas, las ciudades europeas se diseñaron pensando en calentarse. Ahora deberán aprender, sobre todo, a refrigerarse. Las previsiones apuntan a que antes de 2030 la energía destinada a enfriar edificios crecerá un 72%, mientras que la dedicada a calefacción caerá un 30%. El cambio climático está alterando incluso la lógica térmica urbana. Así, ganan protagonismo las redes de calor y frío, una tecnología que convierte la ciudad en un organismo capaz de compartir energía entre edificios, reutilizar calor desperdiciado y climatizar barrios enteros.
Del edificio aislado a la energía compartida
Durante décadas, cada inmueble funcionó como una isla energética: su propia caldera, su aire acondicionado y un consumo individualizado. Un modelo costoso, ineficiente y altamente contaminante. Las redes térmicas rompen este paradigma porque en lugar de producir calor o frío edificio por edificio, una infraestructura común genera energía y la distribuye mediante tuberías subterráneas. Como una red eléctrica, pero térmica. Las primeras versiones funcionaban con vapor a altas temperaturas y dependían de combustibles fósiles. Las actuales redes de quinta generación representan un salto tecnológico radical. Operan con agua a temperaturas moderadas, entre 5 y 25 grados, y utilizan bombas de calor distribuidas que adaptan la energía a las necesidades de cada edificio. La novedad es que permiten intercambiar energía entre usuarios. Por ejemplo, el calor que genera un hospital, un centro de datos o incluso el metro puede terminar calentando viviendas cercanas.
Aprovechar lo aprovechable
Bajo las ciudades existen enormes recursos térmicos desaprovechados: el subsuelo mantiene temperaturas estables, las aguas residuales conservan calor y muchos procesos industriales generan excedentes energéticos que se suelen perder. Las redes de quinta generación capturan esa energía y la redistribuyen donde hace falta. Los ingenieros las comparan con una autopista subterránea por la que circula agua capaz de transportar calor y frío de un punto a otro de la ciudad. Y mientras unos edificios necesitan calefacción, otros requieren refrigeración. Esa energía puede compensarse automáticamente dentro de la misma red, reduciendo el consumo y las emisiones.
Una pieza clave
Europa ya ha marcado el rumbo. La Unión Europea quiere reducir un 55% las emisiones de gases de efecto invernadero antes de 2030 y alcanzar la neutralidad climática en 2050. Eso implica transformar completamente la forma en que las ciudades consumen energía. En ese escenario, las redes térmicas aparecen como una herramienta estratégica. Reducen emisiones, mejoran la eficiencia energética, disminuyen la dependencia de combustibles fósiles y ayudan a estabilizar la red eléctrica. Además, tienen una ventaja decisiva en las ciudades: requieren poco espacio. Y es que estas redes son modulares y flexibles, capaces de crecer progresivamente y adaptarse al desarrollo urbano.
Menos emisiones
Aunque detrás de estas redes exista cierta complejidad tecnológica, el ciudadano percibe algo muy simple: confort. Temperaturas más estables, menos mantenimiento y una factura energética más predecible. Al reducir miles de calderas individuales y minimizar la combustión fósil dentro de las ciudades, también mejora la calidad del aire urbano. La ciudad del futuro probablemente no dependerá solo de coches eléctricos o paneles solares. También necesitará infraestructuras invisibles capaces de reutilizar la energía que hoy desperdiciamos.
Barcelona como epicentro de la innovación energética en Europa
Uno de los ejemplos más avanzados está en Barcelona, donde Veolia y el Ayuntamiento, a través de B:SM, impulsan Ecoenergies Barcelona, una de las redes urbanas más innovadoras de Europa. El proyecto reutiliza el frío residual generado por la planta de regasificación del Puerto de Barcelona para climatizar edificios de la ciudad. Es decir, aprovecha una energía que antes simplemente se perdía. Al mismo tiempo, utiliza biomasa procedente de podas urbanas para producir calor y electricidad renovable. Los restos vegetales de parques y jardines terminan convertidos en energía para hogares, industrias y edificios comerciales. El resultado ha convertido a Barcelona en un referente europeo de economía circular aplicada a la energía urbana. Y el modelo es replicable en muchos otros puertos europeos con infraestructuras similares.