07 de diciembre de 2018
07.12.2018

Es necesaria

07.12.2018 | 01:03

No importa cuántas. Ni siquiera importa quienes son ni de dónde vienen. Son mujeres de la pesca que, en Santiago de Compostela han dado un sí rotundo, sonoro en favor de la igualdad de oportunidades en el sector de la pesca.

La Declaración de Santiago, planteada y aceptada por las asistentes a la I Conferencia Internacional de la Mujer de la Pesca marca un hito en el devenir de estas profesionales que, en Galicia, lucharon primero por tener los mismos derechos que el hombre -siendo ellas mayoría en el sector marisquero- para poder ejercer como profesionales de la siembra y extracción del marisco de concha, especialmente en el marisqueo a pie. Lograron la titularidad de los permisos de explotación (pérmex) y se convirtieron en lo que ya era de facto: mariscadoras profesionales. Lucharon con denuedo contra el marisqueo furtivo, orientaron -y orientan- a los bañistas confundidos que consideran que todo el monte (en este caso las playas) es orégano y que cada uno puede llevarse a su casa o al apartamento un kilito de almeja babosa, de esa almeja que en su momento sembraron las mariscadoras profesionales. Accedieron a puestos directivos en las organizaciones profesionales y lo han hecho asimismo a los órganos de dirección de las cofradías de pescadores. Son patronas y son armadoras. Ocupan por derecho propio secretarías generales en las cofradías de pescadores, orientan, tramitan, hacen que las entidades del mar, como el Instituto Social de la Marina, funcionen adecuadamente. Y han logrado ese empoderamiento de la mujer del que el hombre habla ya sin ambages cuando, hace menos de veinte años, todavía se las vetaba en asociaciones, organizaciones y entidades de la pesca en las que ellas, como ellos, tenían -teóricamente- los mismos derechos.

Pero ya están ahí. Con todos los derechos. Con todas las responsabilidades y deberes. Votan, eligen y las eligen. Porque sí, porque su condición de trabajadoras del mar les da derecho. Y, sobre todo, porque no puede haber nada que impida que una mujer a bordo, una mujer con un raño en la mano o sentada tras la mesa de un despacho exponga, reciba y distribuya las materias propias de quien sabe lo que da el mar para todos y cada uno de los que de él viven. Igualdad de derecho, igualdad de deberes.

Lo han dicho en Compostela, en una especie de Babel lingüístico en el que todas se han entendido para expresas su apoyo a la ya conocida como Declaración de Santiago en un día de invierno en el que las nubes han vertido tinta con la que escribir, negro sobre blanco, que se han acabado las diferencias y que quien no lo entienda así, no tiene pito que tocar en este concierto.

Iguales. Para siempre.

Y quien esto suscribe se acuerda de un conselleiro, Enrique López Veiga, al que muchos consideraron un loco cuando comenzó a hablar de la mujer de la pesca y del acceso a esta del colectivo de mujeres. De él partió, al margen de su militancia política, el primer reconocimiento en Galicia de los derechos de la mujer de la pesca.

No me duelen prendas reconocerlo. La mujer, por fin, abre puertas hasta ahora cerradas o semiabiertas. Que lo sepa el mundo.

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