07 de noviembre de 2016
07.11.2016
La Opinión de A Coruña

Los indecisos toman la palabra

Voluntarios de Clinton y Trump intentan captar, puerta a puerta, los últimos votos dudosos, decisivos para inclinar la balanza

07.11.2016 | 00:34

Erika encarna el paradigma del votante de Hillary Clinton. Lo encarna por su personalidad, marcada por un carácter risueño, un tono amable y una sonrisa perenne. La sonrisa, pase lo que pase, digan lo que digan. La sonrisa, capital para los voluntarios que arañan puerta a puerta los últimos votos de una campaña que se decidirá, dicen los expertos en esto de la demoscopia, escrutando una fotofinish de infarto.

Calibrar los discursos, enfrentarlos y que la lógica se imponga. Sin entrar en discusiones, sin utilizar las estridencias trumperas. Sin entrar siquiera a rebatir los argumentos contrarios. Sin, ni mucho menos, recurrir a las malas formas o a los malos gestos. Erika calca la estrategia de su líder para ganarse los últimos votos de confianza, para convencer a los que no están convencidos y para polarizar aún más a los que sí lo están.

Todo estos quehaceres los desempeñan cientos de miles de voluntarios que trabajan a destajo, una labor agotadora muchas veces, para conseguir el triunfo de su candidato. Aquí, a diferencia de las últimas modas en España, las bases hablan por su labor concienzuda y no tanto por su voto, definido con mucha anterioridad gracias al bipartidismo indisoluble de los Estados Unidos.

Aquí, las bases tienen una fidelidad abrumadora. Y si no, que se lo digan a Donald Trump, un tipo cuya campaña está repleta de escándalos, al que tachan de loco y que, a pesar de todo, mantiene viva la esperanza de instalarse en la Casa Blanca.

Contra esa idea disparatada, aunque ya no utópica, de imaginarse al republicano como líder, trabajan a contrarreloj los devotos de Hillary. Sobre todo, contra el cronómetro de las encuestas, que vaticinan una igualdad entre ambos aspirantes y que crece a medida que llega el día D de mañana.

Una jornada con esta gente es un perfecto ejercicio multidisciplinar. Donde las capacidades físicas y mentales están llevadas casi casi al extremo.

Casa por casa

LA OPINIÓN, que acompaña durante todo el día al equipo de voluntarios de Clinton para pedir los votos residuales, constata que la paciencia y el respirar bien profundo son necesarios para no abandonar en la recta final.

Una jornada que madruga en Brooklyn, el barrio neoyorquino que, casualidad o no, representa al votante modélico de Hillary. En Brooklyn convergen culturas antagónicas. Todas, prácticamente, tienen cabida en el llamamiento de la candidata. En apenas unos pocos kilómetros cuadrados se juntan afroamericanos, personas en situación irregular, brokers novatos de Wall Street o gente desempleada. Todos son grises, personas de clase media/baja que no contemplan otra opción de voto.

Cuatro autobuses y varias decenas de coches particulares ponen rumbo a Philadelphia. Allí, Clinton centra todos sus esfuerzos en el último fin de semana antes de la votación. Y lo hace porque sabe que Pennsylvania representa un Estado fundamental, uno de los cuatro o cinco territorios que inclinarán la balanza. Por el escenario del Mann Center de la ciudad desfilarán contrastes tan dispares como Katy Perry o Barack Obama.

Es en los propios autobuses donde el coach comienza a aleccionar. "Recordad, siempre la sonrisa por delante, frases amables y preguntas y argumentos con respeto", dice Mike, ducho en un voluntariado que comenzó con Obama en 2008. Aquí, a la hora de tocar a la puerta, nada se escapa a la improvisación. Los coordinadores organizan grupos de cuatro personas y les asignan un mapa con calles, números y las personas que vive en cada uno de ellos. Y junto a esos mapas, un guión detallado:

-"Hello! My name is ____ and i am out here knocking the doors for Hillary...".

Aquí viene el primer obstáculo. Y los primeros portazos. Caras de pocos amigos de los votantes de Trump (muchos), caras largas de los que dicen que les estás molestando y simpatía para los afines de Clinton, que la mayoría de las ocasiones se pierden en explicaciones para convencer de que elegir a Donald es poco más que el ocaso norteamericano para mucha gente.

Si hay suerte y existe receptividad entre los escépticos, llega la segunda parte, la más importante de todo el proceso. Los argumentos que esgrimen para convencer son tres, siempre bien definidos en el guión: el compromiso de la demócrata con las familias y los niños estadounidenses, su gran preparación para ser presidenta y unos principios éticos inquebrantables. "Es un método realmente efectivo, lo tenemos comprobado", dice Anna.

Una vez que se termina cada proceso, el voluntario marca en su hoja cómo ha ido la intentona. La leyenda GOP significa que se han topado con un votante de Trump; NH es ausente y CTD un votante de Hillary.

Muchos propietarios, hartos de que les pidan el sufragio a la puerta de casa, colocan directamente en su jardín un cartel con el nombre de su aspirante favorito. La Constitución estadounidense garantiza el secreto del voto, pero resulta natural preguntar por las inclinaciones políticas.

Sin embargo, la maquinaria del voluntariado está tan perfectamente engrasada que su labor no se limita al toc toc, como dicen ellos. En cada ciudad capital existe un centro de reunión que parece la viva imagen de Wall Street. El ritmo es frenético. Personas afines encargadas de organizar visitas, responsables de la mercadotecnia, conductores y telefonistas. Ellos no van a las casas, sino que llaman por teléfono. Cientos de contactos diarios siguiendo el mismo patrón.

"Necesitamos convencer a la gente de que Trump está loco, de que sería la perdición de este país. Son las elecciones más importantes de nuestra historia". Lo dice Jessica, una veterana demócrata que habla con el periodista mientras hace una pausa entre llamada y llamada. Ella, junto a jóvenes de 18 años y veteranos de 90, todos en una misma mesa, también arriman el hombro para alzar a Hillary a la Presidencia.

Al final del día, sobre las cuatro de la tarde, llega la recompensa. Todos vuelven a la carretera para acudir al mitin de Clinton y Katy Perry. Allí, con un despliegue excesivamente ornamentado, la candidata aparece únicamente diez minutos para arengar a los que no lo necesitan y se va, dejando paso a la mediática cantante. Porque en realidad, y reconocido por muchos, el mitin se llenó para ver un concierto de música. Sólo eso. Y de paso, para enseñar los clásicos carteles de Stronger Together, escuchar algún que otro ataque a Trump y soportar los gritos de los senadores más guasones.

Estados Unidos también es capaz de convertir en show una cita que marcará el ritmo de su latido, y probablemente el del resto del mundo, durante los próximos cuatro años.

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