07 de noviembre de 2018
07.11.2018
La Opinión de A Coruña

¿Dónde está Trump ahora?

07.11.2018 | 01:34
¿Dónde está Trump ahora?

Al margen de lo que pueda esperar o temer del nuevo Congreso de EEUU en la segunda parte de su mandato, Donald Trump puede ya jactarse de haber dejado su espesa impronta en los mapas de su país y del mundo. Resulta difícil negar que, hoy, dos años después de su inesperada victoria en las presidenciales de 2016, EEUU y el planeta son territorios más crispados, espacios recorridos por una tensión que puede sentirse sin necesidad de tener la piel fina, escenarios sobre los que, al fin, se dibujan con nitidez los fantasmas que, hace una década, cuando estalló la gran recesión, miles de voces se conjuraron para evitar.

El ciudadano Trump, un personaje tan miserable como ridículo, no inventó ni el proteccionismo ni el nacionalismo ventajista ni el fascismo. Nació un año después de concluir la guerra mundial que los embridó durante tres décadas. Pero el presidente Trump ha conseguido, en menos de dos años, que las fuerzas salidas a tientas de las cavernas durante la mutación socioeconómica mal llamada crisis del petróleo se miren hoy en su espejo de madrastra y se vean tan fuertes y guapas como fértiles y dispuestas a seguir engendrando vástagos. Cada día transcurrido desde enero de 2017 ha desvelado un poco más la semilla neofascista que se aloja en el neoliberalismo y lo bien que la abona la globalización virtual.

Sin embargo, es aceptado desde Newton que en el mundo macroscópico toda acción física genera una reacción de igual magnitud y dirección, pero de sentido contrario. Por eso, cuando Trump, chorreando cafeína por sus implantes, ataca a las mujeres, a los inmigrantes y a todas las minorías, refuerza a los activistas que luchan por la igualdad de género, los derechos civiles y la libertad de los seres humanos para desplazarse por el planeta en busca de una vida digna.

Ni el #MeToo ni el 8-M se entienden en toda su rotundidad sin el acicate de Trump, que ha hecho mucho, en unión de sus correligionarios europeos, para que se comprenda que los desplazados son los judíos del nuevo fascismo. También por eso, cuando arremete con chulería totalitaria contra los medios les obliga a extremar la exigencia de rigor y fortalece a quienes defienden que su papel sigue siendo central en el funcionamiento de las democracias liberales.

A una escala anecdótica para la Humanidad, aunque peligrosa para el magnate, cuando Trump se confabuló con el Kremlin -pueden añadir "supuestamente"- para ganar unas elecciones que hasta él mismo daba por perdidas, echó a rodar las pesquisas que han alumbrado la trama rusa y, de paso, amenazan con desnudar el laberinto de ilegalidades que sustentan su emporio. Y, en fin, en el plano de la economía mundial, cuando desata las guerras comerciales que alimentan un esplendor coyuntural de las grandes cifras de EEUU está esparciendo el catalizador de una crisis estructural largamente incubada.

Cabe dudar que Trump lograse entender cabalmente las líneas anteriores. Sin embargo, las mejorarían y afinarían sin dificultad muchos miembros de su entorno en la Casa Blanca, donde tras meses de guerras intestinas se han impuesto los halcones. Mientras, Steve Bannon juega a ser el Ché de la ultraderecha en Europa. Y también las mejorarían un gran número de cuantos, en todo el mundo, se miran en el espejo del magnate. En todo caso, es seguro que a lo largo de esta campaña, Trump ha podido comprobar la intensa reacción que suscitan sus acciones. Más allá de las bravatas que pueda tuitear, Trump se sabe atacado y percibe cómo se estrecha el cerco.

De ahí que, al margen de lo que pueda esperar o temer Trump del Congreso, se anticipe desde el lunes que la Casa Blanca va a mover ficha de inmediato con una regresiva remodelación del Ejecutivo, que, en primer lugar, debería afectar al departamento de Justicia, responsable de la investigación de la trama rusa. Fue Roy Cohn, primer mentor de Trump en la jungla de Manhattan, y brazo jurídico de McCarthy en la caza de brujas, quien le enseñó que la mejor defensa es una demanda. Y la táctica le funcionó durante décadas. Ahora, la salud del fantasma neofascista al que tanto ha ayudado a dar cuerpo depende en parte -solo en parte- de que a Trump le salgan bien sus próximas jugadas. Porque el recurso al arreglo amistoso, que tantas veces evitó al magnate que sus fracasos acabasen en condenas, parece descartable a la vista de estos dos años delirantes.

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