Como Trump tiene afición a escudarse en frases redondas, su resumen del informe sobre la trama rusa es plano como moneda: "No ha habido conspiración. No ha habido obstrucción. Exculpación completa y absoluta". Así pues, victoria, asunto concluido. Pero no.

Lo único que el común conoce del informe es un resumen de cuatro folios firmado por Bill Barr, fiscal general del Gobierno de Trump. Y ese resumen explica en primer lugar que Mueller no ha hallado pruebas de conspiración con Rusia. Acto seguido relata que Mueller se ha inhibido sobre una posible obstrucción presidencial a las pesquisas: ni acusa ni exonera a Trump. De modo que ha sido Barr quien, por su cuenta, ha decidido: su jefe no incurrió en obstrucción. Los demócratas le han llamado para que se explique en el Congreso.

La prudencia obliga a esperar los siguientes pasos de Barr. ¿Publicará el informe íntegro? ¿Ocultará pasajes? Cualquier negativa a una publicación íntegra, envuelta en el celofán de la no interferencia en procesos judiciales en marcha, será vista con sospechas. Con toda razón.

Por más victorias que cante Trump, la investigación de Mueller es la que ha permitido procesar a seis excolaboradores suyos, varios ya condenados. No por conspiración con Rusia, pero sí por la ciénaga de negocios turbios en la que chapotean el presidente y su entorno. Nada más útil, pues, que leer con lupa el informe y recordar que Al Capone no cayó por la matanza de San Valentín.

Ahora bien, de esa lectura no cabe esperar la puesta en marcha de un impeachment, que ni la jefa demócrata quiere. El camino más corto para librarse de la peste parda son las urnas de 2020. Si los votantes optan por no embocarlo será señal inequívoca de que Trump, Bolsonaro, Orbán, Salvini y el fantasma de Abascal, lejos de ser anomalías, son síntomas de que la enfermedad ha vuelto. Y goza de buena salud.