22 de noviembre de 2019
22.11.2019
La Opinión de A Coruña

Golpes, trampas y manos largas

21.11.2019 | 23:21
Golpes, trampas y manos largas

De ayer hacia atrás, hagamos memoria clara sobre una Bolivia que parece entrever el camino a nuevas elecciones. El país está sumido en un conflicto civil que ya va por 32 muertos, en su mayoría indígenas tiroteados por militares y policías. Los choques se acentuaron tras el golpe de Estado que, el día 10, puso al presidente Morales rumbo al exilio mexicano. Hubo golpe porque esa es la expresión acuñada para designar las presiones militares que liquidan un gobierno civil. No es preciso sacar tanques a la calle ni que los galones tomen el Gobierno.

Morales, a su vez, encadenaba desde 2009 una serie de trampas que remató en las presidenciales del 20 de octubre con un fraude electoral. Hubo fraude no porque lo diga la OEA, poco escrupulosa cuando se trata de juzgar a la izquierda bolivariana, sino porque nadie interrumpe un escrutinio electoral si no es para perpetrar un pucherazo y enmendar una derrota. Fue lo que Morales hizo durante 48 horas para intentar el acceso a un cuarto mandato.

Ese cuarto mandato era un fraude, como seguramente lo fue el tercero. Cuando Morales llegó a la presidencia, en 2006, la Constitución boliviana no permitía la reelección sin hiatos. Morales inició un proceso constituyente que –además de consagrar la plurinacionalidad, limitar los latifundios, nacionalizar los recursos o separar al Estado de la Iglesia– permitió encadenar dos mandatos. Y fue reelegido. Para acceder a un tercer mandato se sacó de la manga que el primero lo había logrado bajo la Constitución anterior. Y fue reelegido. En 2016 acarició el sueño del cuarto y lo sometió a referéndum. Perdió. Pero consiguió que el Constitucional avalase su cuarta candidatura consecutiva. Y volvió a perder. Su convicción de que hay procesos que vuelven imprescindibles a algunas personas ha dado al Ejército y a la burguesía bolivianos la excusa perfecta para mandarlo al exilio e interrumpir casi catorce años de Gobierno marcados por una doble voluntad: la de copar el aparato de Estado por vías democráticas, y la de transformar un país „con un 37% de índígenas y un 60% de mestizos„ donde la segregación racial y la marginación social fueron la norma hasta 2006.

Con Morales, la población pobre ha pasado del 60% al 34% y la pobre en extremo ha bajado del 38% al 15%, la renta per cápita se ha duplicado y la economía ha crecido una media del 5% anual. Sin embargo, la píldora amarga de este milagro es que una población menos pobre y más educada tiene mejores ojos, y más entrenados, para, a medida que los van necesitando menos, desvincularse de quienes pretenden perpetuarse en el poder. Como Morales. En esas condiciones, y sin el control del aparato militar, sólo queda la trampa. Pero la trampa es un espejismo que oculta las fauces del pozo, sitúa a un país al borde del abismo y, colmo de la jugada imprudente, brinda una oportunidad imperdible a las manos largas. Las que desde el fracasado intento de derribar a Maduro, no hace todavía un año, tiran de Latinoamérica a izquierda y a derecha.

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