07 de junio de 2020
07.06.2020
La Opinión de A Coruña

El Pentágono retira las tropas de refuerzo enviadas a Washington

07.06.2020 | 00:46
El Pentágono retira las tropas de refuerzo enviadas a Washington

No hace falta haber visto La conjura contra América, la miniserie de HBO basada en la novela homónima de Philip Roth, para imaginarse lo que podría suceder si el fascismo se implantara en Estados Unidos. En su capital se han visto esta misma semana imágenes tan distópicas, tras la ración de coronavirus, como las que Roth cocinó en su thriller político. Pocas tan inquietantes como la del Memorial Lincoln tomado por los reservistas de la Guardia Nacional.

El martes ocuparon en formación las escaleras del monumento con sus armaduras y trajes de camuflaje para prevenir actos de vandalismo, después de que el día amaneciera con pintadas en una columna y dos pedestales. Parecía una invasión extranjera, pero lo que hizo tan ominosa la imagen es su simbolismo: la ocupación militar del monumento por excelencia a la reconciliación racial, la misma que piden estos días cientos de miles de estadounidenses en la calle.

No está claro si la orden para tomar las mismas escaleras en las que Martin Luther King soñó con un país diferente partió de las autoridades locales o del secretario del Ejército, subordinado a la Casa Blanca. Pero la crisis de las últimas dos semanas ha reavivado el debate sobre las veleidades autoritarias de Donald Trump, en forma y acto, un presidente que lleva casi cuatro años tratando de deslegitimar los pilares de la democracia estadounidense. Desde la judicatura a la prensa, pasando por el Legislativo o la integridad del proceso electoral. Todo es una "farsa" o "un timo", una "caza de brujas" con origen en las profundidades de su Administración o de sus "corruptos" enemigos políticos, ayudados por la "escoria humana" periodística, "el enemigo del pueblo".

Recientemente insistió en que la expansión del voto por correo, a la que están recurriendo los estados para circunvalar los riesgos del coronavirus en las elecciones de noviembre, conducirá a un "fraude masivo". No solo no aportó prueba alguna, sino que mintió al decir que California estaba enviando papeletas a "todo el que vive en el estado, independientemente de quién sea o cómo llegó hasta allí", cuando las envía a los votantes registrados.

Lleva promoviendo la misma idea desde 2016, cuando dijo que al menos tres millones de personas (la ventaja que le sacó Hillary Clinton en el voto popular) habían votado ilegalmente. Muchos de ellos, supuestamente, "inmigrantes ilegales". La comisión que creó después para investigarlo no encontró nada reseñable. Pero la cantinela ha dado sus frutos. Antes de que Trump llegara al poder, el 60% de los estadounidenses pensaba que sus elecciones estaban libres de fraude, un porcentaje que bajó hasta el 45%, según el Bright Line Watch.

"¿Es Trump un fascista?", se preguntaba esta semana The Washington Post en un artículo de opinión. No es el único que lo ha hecho desde que el lunes amenazara con desplegar a "miles y miles de militares fuertemente armados" para aplastar las protestas, minutos antes de dar la orden de dispersar con gases lacrimógenos y policía montada una manifestación pacífica frente a la Casa Blanca para cruzar la calle y posar con una Biblia frente a la "iglesia de los presidentes". Una Biblia que ni siquiera llegó a abrir ni a recitar: un golpe de efecto barato para sus bases evangélicas.

"El discurso fascista que Trump acaba de dar linda con una declaración de guerra contra la ciudadanía estadounidense", dijo el senador demócrata, Ron Wyden. "Estas no son las palabras de un presidente, son las palabras de un dictador", afirmó su correligionaria Kamala Harris. Hasta ahora no se ha atrevido a cumplir con la amenaza, entre otras cosas por la oposición airada que han expresado sus generales. "Esto podría ser el principio del fin del experimento americano", ha dicho el excomandante de la coalición contra el Estado Islámico, John Allen. Pero tanto su retórica como sus acciones han alarmado al país, muy consciente de la admiración que Trump siente por los dictadores.

En una llamada a los gobernadores les pidió que "dominen" las protestas con el uso masivo de la fuerza e impongan largas sentencias de cárcel a los violentos "si no quieren parecer unos gilipollas". El viernes compartió una carta en Twitter de uno de sus abogados de cabecera que define a los manifestantes pacíficos atacados el lunes como una panda de impostores. "Estos son terroristas que utilizan a los estudiantes vagos y llenos de odio para quemar y destruir", dice la misiva avalada por el presidente.

Trump no es un ideólogo, de modo que cualquier adscripción al fascismo tiene que hacerse por alusiones. Pero como sus representantes más nefastos, es un demagogo, que promueve la xenofobia más cruda hacia los inmigrantes o enjaula a sus hijos, no tolera la crítica, demoniza a sus rivales políticos y utiliza el divide y vencerás para avanzar sus intereses políticos. También cumple con la manía persecutoria, el culto a su propia personalidad, el militarismo o la exaltación de la patria. Pero hasta ahora el sistema estadounidense ha demostrado ser más fuerte que él. "Los fascistas destruyen la democracia desde dentro y hasta ahora Trump solo ha logrado pervertirla", le ha dicho al Post Federico Finchelstein, un historiador del fascismo. "No ha conseguido acabar con ella, aunque sigue intentándolo".

Lo que sí ha logrado es situarse por encima de la ley. Ha mantenido su imperio empresarial, con los conflictos de interés que de ello se derivan, en un país donde hasta Jimmy Carter tuvo que vender su plantación de cacahuetes. Trump se siente intocable.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook

Noticias relacionadas