La brecha entre el estamento militar de Estados Unidos y el presidente Donald Trump por el uso del Éjército frente a las protestas raciales desatadas tras el asesinato policial de George Floyd se acentuó ayer, cuando en un mensaje a estudiantes el general Mark Milley, presidente del Estado Mayor Conjunto, se disculpó por haber contribuido a "crear la percepción de que el Ejército estaba envuelto en políticas nacionales".

En el centro de la disculpa está el cuestionado episodio del 1 de junio, cuando fuerzas del orden, incluyendo policía militar y reservistas de la Guardia Nacional, despejaron violentamente a manifestantes pacíficos ante la Casa Blanca. Tras esa acción Trump paseó hasta la iglesia de San Juan y posó con una Biblia y altos cargos como atrezo. "No debería haber estado ahí (...) Fue un error", dijo Milley, que reconoció que esa imagen en Lafayette Square "ha encendido un debate nacional sobre el papel del Ejército en la sociedad civil".

Trump de momento no ha respondido, algo que sí hizo, y con insultos, cuando le cuestionó su exsecretario de Defensa Jim Mattis. Por ahora ha conseguido además evitar que haga una disculpa similar su cuarto jefe del Pentágono, Mark Esper (que provocó su ira al oponerse a la idea de desplegar militares en activo en las protestas, algo por lo que según "The Wall Street Journal" estuvo a punto de ser cesado). Pero el episodio y el despliegue de 5.000 miembros de la Guardia Nacional en Washington DC han creado malestar dentro de las filas uniformadas y hay abierta una investigación interna, igual que por el uso de helicópteros militares en la capital.

No son las palabras de Milley sobre el 1 de junio las únicas que le distancian de Trump. El militar se refirió a la muerte de Floyd diciendo que "amplifica el dolor, la frustración y el miedo con el que tantos compatriotas viven a diario" y aseguró que las protestas "hablan de siglos de injusticia hacia los afroamericanos". El presidente, mientras, sigue negando que exista un problema de racismo sistémico y dejando múltiples gestos que le separan de la ola de clamor por la justicia racial. Incluso cuando hasta congresistas republicanos se han mostrado favorables a que se retire de bases militares nombres de comandantes confederados proclives a la esclavitud, Trump rechaza tajantemente la idea, ya que lo considera parte "de una gran herencia estadounidense". Y ha provocado un aluvión de críticas con ello y al decidir cuándo y dónde reanudar sus mítines, paralizados durante meses por la pandemia de coronavirus, que ha dejado en EEUU más de 110.000 muertos y más de dos millones de contagios confirmados y cuya amenaza aún no ha desaparecido.

El primero de esos mítines lo celebrará el viernes 19, Juneteenth, fecha en que se marca el fin de la esclavitud. Será en Oklahoma, estado que ganó por 36 puntos y no está en juego en noviembre, y concretamente en Tulsa, escenario en 1921 de la peor masacre racial individual de la historia del país. Y algunos como Tommy Vietor, que trabajó en la Administración de Barack Obama, han señalado que es una elección "flagrante y deliberadamente racista y cruel".