Cerca del 22% de los barrios de Río de Janeiro y su periferia están en manos de milicias armadas, formadas en parte por expolicías, militares y bomberos, según una investigación del Grupo de Estudio sobre la Nueva Ilegalidad de la Universidad Federal Fluminense (UFF) y el Núcleo de Estudios de la Violencia de la Universidad de São Paulo (USP). El estudio pone número a una realidad cotidiana que afecta al llamado Gran Río, poblado por 12 millones de personas.

A veces se presentan como "benefactores" de la comunidad. Pero si eso no parece convencer a los electores, entonces llegan las amenazas: exigen votos a punta de pistola. Según el sociólogo José Cláudio Alves, los comicios municipales se convertirán en la "apoteosis" de los grupos paramilitares. "El buen bandido es el bandido muerto", suelen proclamar. Los discursos de la extrema derecha, habituales desde la llegada a la presidencia de Jair Bolsonaro y a la gobernación del estado de Río de Janeiro de Wilzon Witzel, no hacen más que favorecer la proyección de estos delincuentes. Los enfrentamientos armados con las fuerzas de seguridad son frecuentes. La semana pasada fueron abatidos a tiros 12 policías en la localidad de Itaguaí.

Los conocedores de la realidad carioca suelen recordar las "relaciones peligrosas" que existen desde hace años entre las milicias y los Bolsonaro. Nada de lo que el presidente se sonroje. En febrero, la policía del estado de Bahía mató al jefe paramilitar Adriano Magalhaes da Nóbrega, tras meses de búsqueda. En el pasado, fue incluso calificado de "héroe" por Bolsonaro.