El baño de masas ha tenido que ser descartado por seguridad en plena pandemia y por coherencia con las críticas a los actos masivos de Donald Trump, pero la campaña de Joe Biden se preparaba ayer para desplegar por primera vez en persona la joya de su arsenal: Barack Obama. Hace algo más de seis meses ya que el expresidente demócrata dio públicamente su apoyo al que fue su número dos. Desde entonces ha participado activamente en numerosos esfuerzos de la campaña demócrata tanto por la Presidencia como por otras carreras, pero de modo virtual. A 13 días de la cita con las urnas, no obstante, ya no bastan los anuncios, los podcasts, los encuentros con jóvenes en Twitch o Snapchat o los actos de recaudación de fondos. Llega la hora de pisar el acelerador.

Pese a la considerable ventaja de Biden en las encuestas nacionales, la lucha está muy lejos de estar decidida en los estados "bisagra". Uno de los más trascendentales es Pensilvania, con 20 votos en el colegio electoral y donde la ventaja en la mayoría de los sondeos de Biden no es mayor que el margen de error. Obama ganó en 2008 y 2012, pero Trump se lo apuntó en 2016, el primer republicano en conseguirlo desde 1988.

Obama ha elegido para su salto al ruedo presencial la ciudad de Filadelfia, escenario de un mitin en un " drive-thru" en el que los invitados debían escuchar desde sus coches un discurso transmitido para el resto en " livestreaming". Y el mensaje general con que llegaba lo adelantaba su asesor Eric Schultz: "Subrayar lo histórico que está en juego en esta elección, enfatizar la urgencia de votar temprano, discutir la importancia de carreras que no son por la presidencia y explicar por qué Biden y Kamala Harris están mejor posicionados para dirigir el país".

Pero el expresidente llegaba también con un objetivo particular: hablar a los suburbios que se pasaron a Trump en 2016 y, sobre todo, a los votantes negros de la urbe, especialmente hombres, que no votaron hace cuatro años.

La vuelta de Obama ha dado alas a Trump para volver a desatar los ataques políticos a su predecesor. En mítines de los últimos días, incluyendo uno el martes en Erie, también en Pensilvania, descalificó a Obama, a quien tildó de "ineficaz" a la hora de hacer campaña, le reprochó decisiones políticas tomadas durante su mandato, como el acuerdo con Irán, y le volvió a acusar, sin pruebas, de espiarle, arengando los cantos de "a la cárcel" de sus seguidores.

El debate definitivo

La diana del actual ocupante de la Casa Blanca, no obstante, está concentrada en Biden, con el que hoy se mide en Nashville en el segundo y último debate, que llega precedido de una gran expectación y de mucha tensión al ser la última gran oportunidad de ambos de dirigirse a toda la nación.

El bochornoso espectáculo del primer debate ha llevado a la comisión organizadora a tomar la decisión de silenciar los micrófonos de los candidatos cuando el otro esté haciendo los dos minutos iniciales de respuesta a cada uno de los seis temas planteados.

Trump se ha quejado por eso, como de la moderadora Kristen Welker, a la que ha acusado de ser "totalmente partidista", o de los temas que ella ha elegido (seguridad nacional, coronavirus, familia americana, raza en América, liderazgo y cambio climático), diciendo la falsedad de que se suponía que debía centrarse exclusivamente en política exterior.

Para Donald Trump, el debate será también la oportunidad de exponer ante el gran público las acusaciones de que Hunter Biden, el hijo del candidato demócrata, vendió a Ucrania y a China acceso a su padre cuando era vicepresidente. Es una teoría que no ha logrado probar siquiera una investigación republicana en el Congreso, pero que ha resucitado en los últimos días, después de que el tabloide New York Post publicara los contenidos de supuestos mensajes de móvil y correos electrónicos de Hunter que les facilitó Rudy Giuliani, del equipo legal del presidente.