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‘Emily en París’ es ahora ‘Emily en Roma’

Emily Cooper (Lily Collins) se traslada a la capital italiana en la quinta temporada de la popular serie de Netflix, donde asume un papel directivo y encuentra estabilidad amorosa con un rico heredero

Imagen promocional de la serie,  cuya quinta temporada transcurre en Roma. |  Netflix

Imagen promocional de la serie, cuya quinta temporada transcurre en Roma. | Netflix

Juan Manuel Freire

Barcelona

La quinta temporada de Emily en París, que llega hoy a Netflix, es una especie de reinicio: ahora que París empezaba a aceptarla, Emily Cooper (Lily Collins) ha decidido exhibir su vivaz personalidad y sus modelos extravagantes por Roma, donde Agence Grateau ha abierto una oficina solo para, en principio, llevar la cuenta de Moraturi, imperio familiar del cachemir.

Emily es la directora de dicha oficina, lo que supone un paso adelante a nivel profesional. Y también parece haber encontrado la estabilidad amorosa en, precisamente, el heredero de Moraturi, Marcello (Eugenio Franceschini). «Lleva toda la serie tratando de encontrar su propia voz», comentó Lily Collins en rueda de prensa sobre el muy discutido personaje, irritantemente ignorante para algunos, absolutamente encantador para otros, como todos los hombres heterosexuales que la conocen en la serie.

«Ahora, por fin, ha encontrado esa voz. Y está tratando de afirmarse aún más a sí misma, así en lo laboral como en lo romántico. Creo que ha crecido mucho en su trabajo. Su relación con [su jefa] Sylvie [Philippine Leroy-Beaulieu] es cada vez mas cercana y eso la ayuda en cuestiones de confianza interior».

Como de costumbre, esos cambios internos se reflejan en las decisiones de vestuario. Emily viste de forma menos llamativa que en las primeras temporadas: ahora sus elecciones son más sutiles, aunque el espectáculo de costura sigue estando ahí. «Sabe articularse a sí misma de una manera diferente, y el atrevimiento y la brillantez se contienen para dar pie a conjuntos que, sin resultar igual de coloridos, son igual de rotundos. Simplemente, son algo más entallados».

Otras dos mujeres clave

Pese a lo que pueda indicar el título, Emily en París no es solo la historia de la heroína titular, expatriada en permanente y algo torpe proceso de adaptación. También explora en profundidad las vicisitudes de otras dos mujeres con fuerte personalidad. Por un lado está la citada Sylvie, también anclada, de momento, en Roma, en parte por su amante director de cine, en parte por su intención de sumar más clientes a la nueva sede. «Veremos qué pasa cuando la armadura de Sylvie se resquebraja», avisa la actriz Philippine Leroy-Beaulieu. «Es interesante que siempre esté intentando tantas cosas, tanto en lo amoroso como en lo profesional. Y que de algún modo falle en todas, lo que me parece genial. Me encantan los personajes que no logran sus objetivos».

Por otro lado tenemos a Mindy (Ashley Park), mejor amiga de Emily, a la que sí veremos en París de retorno de su trabajo como jurado de Chinese popstar. Sus ojos se pondrán en el chico inapropiado. «Cuando la conocimos en la primera temporada, era el personaje más libre, el que se estaba jugando menos cosas», cuenta Park. «Después la hemos visto dejarse la piel en muchas amistades y ahora sí tiene más que perder».

Después de la tercera temporada, Darren Star, creador de la serie (y, recordemos, de Sensación de vivir y Sexo en Nueva York), aumentó el campo de acción sin dejar del todo París. «Queríamos que el espectador viajara a Roma y Venecia [que también tiene presencia] a través de nosotros. Pero era la historia la que debía conducirnos naturalmente a esos lugares, y así fue como pasó. Encajaba perfectamente porque Italia es otro lugar utópico al que cualquier persona del mundo le gustaría visitar».

Para el actor veronés Eugenio Franceschini era una gran responsabilidad mostrar la belleza de dos de sus ciudades predilectas: «Me mudé a Roma con 18 años para estudiar en la escuela nacional de cine. Y Venecia es la ciudad más hermosa del mundo, donde espero vivir algún día y también morir».

Como es de esperar, la visión que se ofrece de Italia es una colección de postales idílicas y majestuosas con paradas en el lujoso hotel La Posta Vecchia, antigua residencia de retiro del magnate petrolero John Paul Getty, o el imponente Palacio de la Civilità Italiana, un gran ejemplo de arquitectura racionalista donde Emily pierde la razón por (claro) un bolso. Roma es una ciudad donde se bebe y baila en la calle en noches de día laborable.

No faltan los planos casi pornográficos de pasta. Pero lo que más conmovió a Collins durante el viaggio fueron las góndolas venecianas: «No podía creer lo que veía. Qué preciosas son, qué bonito que todo el mundo vaya en blanco y negro… No imaginé que sería tan abrumador, y lo sentía así cada día».

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