Prohibido prohibir. Es probable que fuera la frase más repetida del mayo francés; al menos le sobraba el ingenio que les falta a las que quisieran acuñar nuestros pancartistas de tres al cuarto: me esfuerzo y no consigo recordar una genialidad o simplemente una gracieta, entre sus numerosas manifestaciones lanzadas con intención de epatar al contrario. Prohibido prohibir. El lema juvenil de la contradicción cayó bien entre los jóvenes, desde niños sometidos al veto y la reconvención; con razón aconseja el libro sabio que los padres no humillen a los hijos con órdenes inoportunas e innecesarias. Aun considerado como locura revolucionaria, el brillante slogan hizo cavilar a más de un ciudadano de los acostumbrados a obedecer sin chistar. Lo mucho enfada, se dice; y prohibir demasiado suele evidenciar un mando con gusto por la tiranía. Como era de esperar, aquel grito levantisco del mayo francés fue arrumbado por los políticos que sólo prohibiendo parecen sentirse a gusto y plenamente realizados. En consecuencia se vive, de mala o peor gana, en un régimen de prohibiciones como pocas veces se conoció; la mayoría de los vetos son repetidos por los diecisiete gobiernos autonómicos, pues ninguno renuncia al "aquí mando yo" originado en el sacrosanto principio del "café para todos". La malhadada gripe A ha deparado una nueva ocasión de prohibir que, por lo que vamos viendo, el mando no va a desaprovechar. Nadie le pedirá cuentas de las prohibiciones que se presentan justificadas por las circunstancias: pero hay que huir de los excesos para no caer en el ridículo. Ciertamente no ha tenido mala prensa el radical veto del beso: la erradicación de los tocamientos pecaminosos que no pudo conseguir la moral católica amenazando con las penas del infierno, podría lograrla ahora un Gobierno laicista con la ayuda inestimable de una pandemia ¿providencial? Por esta vez se confirma el dicho de que los extremos se tocan, al menos en los fines. El éxito de tal medida prohibitiva no se da por seguro: algún cursi ha recordado que el beso es una pulsión a la que no todos son capaces de resistirse, pues la carne es débil ante la pulsión. Metida en la imparable carrera de las prohibiciones, la ministra Trinidad Jiménez ha anunciado que va a rematar la faena del tabaco. Confía en que la sociedad está suficientemente madura para privarse de su humo maloliente y letal. No es mérito escaso del Gobierno convertir una sociedad fuertemente enviciada en el tabaco, en madura y mollar para aceptar sin protestas airadas la prohibición de fumar en todos los lugares públicos. Ojalá que acierte la encuesta encargada por la ministra de Sanidad; pero no va a ser fácil, como demuestran millones de experiencias individuales, obedecer. Fumar, un placer sensual cantado por Sarita Montiel, es un hábito calificado de vicio por la moral. Un vicio al que no supieron vencer eclesiásticos de vida ejemplar; alguno vio retrasada su canonización por haber fumado sin tino. Fumar es peligroso para la salud, avisa un farisaico cartel en los bares donde se fuma con licencia. Eso mismo enseñaba el catecismo de Astete: que peca contra el No matar el que come o bebe -o fuma, añadimos- cosas nocivas para la salud pone en peligro su vida. Lo dicho, los extremos se tocan. La ministra Trinidad Jiménez apoya al P. Astete. Vamos a ver si su decisión sobre el fumeque resulta más convincente que el perfecto silogismo montado sobre premisas indiscutibles. Bien dijo el fraile que afirmó que todo vale para el convento; bien dijo el marxista Tierno Galván al advertir que "todo ayuda", hasta las piadosas estampitas a la cura de una enfermedad grave.