02 de noviembre de 2013
02.11.2013
cartas a laila

El conjuro de Halloween

02.11.2013 | 00:00
Desfile de calabazas de Halloween. / iñaki abella

La fiesta celta de los muertos, querida Laila, trató de cristianizarse, como tantas otras, y se llamó Día de Todos los Santos. Los santos que están todos muertos, por cierto. Sin embargo, también como tantas veces, el sentido de la primitiva fiesta pervivió por debajo de la imposición cristiana y un día u otro resurge con el valor originario y recobra, al menos en parte, aquella fuerza ancestral pagana que está en su ADN, que diríamos ahora. Parece que Halloween vuelve al originario Samhain del fin del verano cuando la frontera entre este mundo y el más allá se estrecha y los espíritus, tanto benignos como malignos, pueden cruzarla. Nuestros ancestros benévolos son celebrados en la fiesta y los malignos son conjurados y ahuyentados, asumiendo la muerte, el terror y el miedo como un juego, donde el disfraz actúa de exorcismo. A partir de aquí comenzaba el nuevo año con la época sombría del invierno, donde hay que hacer recuento de la pasada cosecha para asegurarse la supervivencia y el calor en el reino del frío.

Querida, vuelven los fantasmas del pasado, que es necesario devolver para siempre al reino de los muertos para que no perturben nuestra vida con el terror y la muerte. En un día como este, hace 535 años, se estableció en la Castilla, que luego sería España, el macabro tribunal de la inquisición que tantas vidas, pensamientos y libertades cercenó, a base de crueldad e ignominia. Es este sin duda uno de los fantasmas más malévolos de nuestra agitada historia. Sembró el terror y la muerte entre nosotros durante más de 350 años y dejó marcas y huellas de intolerancia, superchería y crueldad en nuestra conciencia colectiva de españoles y de europeos, que muy negra fue la leyenda para todos. Judíos y judaizantes, moriscos, cátaros y albigenses, protestantes, librepensadores, homosexuales o inquietos buscadores de la verdad, en cualquier suerte de heterodoxia, fueron sometidos a la persecución y al terror, carne de tortura, de hoguera o de garrote.

Las profundas crisis que sufrió Europa en el pasado siglo, como en Hallowen, adelgazaron las fronteras que pudieron cruzar los mismos espíritus malignos que, en su día, idearon el santo tribunal y, en pleno siglo XX, cristalizaron en las ideologías y totalitarismos que desencadenaron la misma ceremonia de opresión y de muerte que sus antepasados los inquisidores. Nos costó años de peste, de guerra, de hambre y de muerte librarnos de ellos y devolverlos al mundo de los muertos, de donde nunca debieran haber salido. De este gigantesco exorcismo nació una nueva Europa que logró abrir un camino para su unidad y convivencia políticas por la vía del acuerdo y del consenso, repudiando los viejos caminos de la conquista y de la violencia entre los pueblos. Por este nuevo sendero, impulsados por los espíritus benignos, los hombres y mujeres de la vieja Europa llegaron a tocar el sueño de un incipiente bienestar colectivo sin precedentes en nuestra historia. Pero, amiga mía, otra vez la crisis adelgaza la línea que nos separa del mundo de los muertos y, en este Halloween, de los albores del siglo XXI, de nuevo aparecen aquí y allá los mismos malvados fantasmas, devoradores de libertades e inquisidores del pensamiento. Agrupaciones y partidos de la extrema derecha surgen y crecen en toda Europa y diecisiete de ellos alcanzan notable representación en el Parlamento Europeo, al tiempo que avanzan y se consolidan en sus respectivos países. Entre nosotros mismos comprobamos la creciente actividad e insolencia de estos grupos y su influencia en muchas de las decisiones que nos alarman.

Ojalá, querida, sepamos conjurarlos este Halloween y enviarlos de nuevo al mundo de los muertos.

Un beso.

Andrés

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