22 de abril de 2017
22.04.2017

Cuatro actos y una pena

22.04.2017 | 01:10
Cuatro actos y una pena

Acto primero. Conozco el Hogar Sor Eusebia casi desde que echó a andar. Eran otros tiempos entonces, y tres buenas personas decidieron, por su cuenta y riesgo, intentar poner freno a una realidad difícil para muchas personas que vivían en la calle. Una de estas personas, José Vicente Martínez Rico, sigue hoy de forma desinteresada y altruista, al frente del Hogar. Un Hogar que ha cambiado mucho, y para bien desde entonces, y donde sesenta personas tienen su casa. Desde hace unos años, tengo la oportunidad de participar un poquito más, hasta donde uno puede, en la ilusionante labor de que este proyecto siga en marcha. Y lo hago en una Junta Directiva presidida por José Vicente, sí, y gobernada desde la cordura y la responsabilidad.

Acto segundo. Tuve ocasión de conocer en primera persona, en más de una ocasión, cómo funcionan en la ciudad las hordas vocingleras que hacen de la desinformación y el bulo las herramientas con las que alimentar una indignación que no resiste cuatro frases bien hilvanadas. Hordas las hay de todo signo, y alimentadas desde diferentes frentes, pero todas tienen en común el usar tópicos en vez de verdades, intereses en vez del bien común y consignas donde debería haber argumentos. Flaco favor hacen este tipo de estallidos sociales a algo que se pueda parecer a una convivencia sana. De verdad.

Acto tercero. El hecho de gobernar siempre es diferente al de opinar desde la barrera. Y lo que se promete fácil y para mañana desde la oposición o siendo aprendiz de brujo, se llena de complejidades cuando las ideas topan con las trabas legales que el iniciado conoce, mientras el tiempo acucia y la situación de algunas personas es desesperada. Se lo dice uno que quemó muchas horas, por ejemplo, intentando buscar soluciones para problemas bien reales y concretos, a veces con resultados y a veces sin ellos, pero para las que alguna persona locuaz armada de un megáfono siempre encontró pegas, que parecieron no importarle tan pronto se aplicó aquello tan castizo del "quítate tú para ponerme yo".

Acto cuarto. Todo esto sigue pasando hoy. El escenario público sigue plagado de irresponsabiidad por muchos de sus actores, y cuando aparece una solución -privada, sin gastar un euro público y desinteresada-, con ella se ensañan. Unos u otros, qué más da. Pero la toman con sus acciones o con la omisión, que viene a ser incluso parecido. En la ciudad no existe un recurso de baja exigencia como el planteado hoy por Sor Eusebia y llamado Mi Casita, y las personas en situación de calle -no los sin techo, que eso es más un estigma que una descripción de algo circunstancial y que nos puede pasar a todos- siguen sin una opción real que pueda completar los abundantes recursos privados y públicos existentes en la ciudad. Una ciudad bastante abundante en recursos residenciales, pero donde falta, exactamente, esto.

Con todo, una pena. Un bienintencionado Martínez Rico que trata de explicar un proyecto moderno e ilusionante, convocado por la asociación que preside mi querido Suso Prado, y unos vecinos airados que, con su actitud y gritos, echan con cajas destempladas a mi presidente. Se habla de delincuencia, de gorrillas y de otras zarandajas que no tienen absolutamente nada que ver con la lógica ni la realidad del proyecto planteado. Y, en el fondo, la misma lógica excluyente con la que un día tuvieron que batallar organizaciones hermanas, como La Cocina Económica, Casco o Aclad. A base de tópicos, se construye el miedo al diferente. Y, a partir de ahí, el odio. Y, odiando, surge una violencia de la que es difícil librarse cuando prende en una sociedad a menudo ignorante y, por lo que parece, carente de sensibilidad por el tema del que se trata.

Conozco por su nombre a casi todas las personas que pernoctan hoy en la calle en A Coruña. Muchas de sus historias les dejarían en estado de shock durante un buen rato. Y, por lo general, son personas pacíficas y que solo quieren estar "a su bola" y que se las respete. Desgraciadamente, con todas ellas hemos fracasado en el intento de institucionalizarles y, en un Estado garantista, no podemos hacer otra cosa que ofrecerles una casita a su medida, concebida como recurso de baja exigencia, como base para que los equipos técnicos puedan intentar trabajar y mejorar en lo posible su presente y su futuro. No hacerlo es inmoral. Por eso aquí mi apoyo incondicional a los compañeros José Vicente Martínez Rico y Diego Utrera, que fueron vilipendiados y lastimados por hablar, con mayúsculas, de justicia social y solidaridad. Así no.

Y, como se trata de ser positivos y no perder nunca la esperanza... Vecinos airados, ¿por qué no cambian ustedes sus gritos y cerrazón por la posibilidad de que se les explique polo miudo el proyecto, desmontando ideas preconcebidas o inexactitudes, y conociendo y analizando los detalles del mismo? Nunca es tarde...

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