Buenos días! Febrero ya. ¿Se dan cuenta? Han crecido los días y el mes que viene saludaremos a la primavera. No sé si se nos alterará la sangre o no, pero lo cierto es que la misma traerá nuevos olores y colores, que serán la antesala del verano y nos recordarán indefectiblemente a él... Esto va rápido, muy rápido. Si lo que yo les digo... En breve, en Navidad.

Lo que sí está alterando la sangre, y mucho, es el anuncio de Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda, sobre la posibilidad de una quita parcial de la deuda de las comunidades autónomas con mayor nivel de la misma. Algo que, como les digo, está elevando el tono de muchas respuestas. De la de la Xunta de Galicia, por ejemplo, a pesar de ser del mismo color político que el ministro, o de la del presidente de la FEMP, Federación Española de Municipios y Provincias, y alcalde de Vigo, Abel Caballero. Coinciden en que no es muy bueno, para empezar, lanzar el mensaje de que todo da igual, que aquellos que incumplen, que se endeudan más con el dinero de todos o que son menos eficientes, van a recibir mejor trato -concretado en el olvido de parte de dicha deuda- que aquellos que se han ceñido más a lo que toca.

Sí que es cierto que tal mensaje no es muy pedagógico de cara a conseguir conductas más responsables, precisamente en un momento en el que son muchos los políticos que hablan una y otra vez de aquello de hacer pedagogía. Pero creo sinceramente que, para que eso no quede en una mera frase de moda, uno ha de contar con los mimbres necesarios. Y Montoro, claramente, no está en muy buena posición para hacerlo. Además, para hacer pedagogía hace falta mucho más que buenas palabras. Hace falta tener fundamento y saber predicar con el ejemplo. Si no, uno puede caer en situaciones como la de Celia Villalobos y sus controvertidas palabras sobre la jubilación y las pensiones...

Pero ya ven. Parece que esto de las quitas está de moda. Tanto se quita deuda a las autonomías, como a aquellos que se olvidaron de pasar por el fisco y a los que se regularizó su situación vía amnistía fiscal. Uno y otro ejercicios no me parecen de recibo, precisamente por abundar en esa sensación de impunidad que al que paga, y paga convencido y puntualmente, no le hace ninguna gracia.

Si uno gasta más de lo que tiene, tendrá que afrontar sus consecuencias. Y esto, que puede ser entendible si tiene poco y sólo trata de procurar lo más necesario, se vuelve absolutamente kafkiano si los devaneos que le han restado liquidez eran perfectamente prescindibles. Y es que hay comunidades y políticos con responsabilidades en ellas a los que parece que conceptos como eficiencia en el gasto les sonase, literalmente, a chino.

Por eso soy de los que piensan que, si queremos consolidar verdaderamente conceptos como la responsabilidad fiscal, no podemos pensar en quitas. Y, coherentemente, si queremos mejorar las buenas prácticas en el autogobierno, tampoco. Hacer lo contrario significa abundar en la posibilidad de que las personas -o los gobiernos- piensen que todo esto no va con ellos. Y que gasten lo que no tienen, sin importarles las consecuencias.

En fin. Supongo que hemos simplificado mucho, porque habrá comunidades en que una situación socioeconómica más adversa, por ejemplo, haya ameritado tal gasto más que en otras, o algunas en que la recaudación propia sea menor y esto redunde, también, en mayor endeudamiento. Pero, en general, creo que esto de los criterios que van y vienen en función del momento político, y sobre todo electoral, no aportan nada demasiado bueno. Habría que blindar la posibilidad de que no se haga.

A ver qué ocurre. En todo caso, seamos rigurosos. Y es que si no, todo parecerá un Carnaval. Uppsss... Si ya está ahí....

Epílogo: Ya saben ustedes quién, en último término, pagará cualquier quita...