21 de mayo de 2018
21.05.2018
El trasluz

Hábitos inútiles

21.05.2018 | 00:58
Hábitos inútiles

En la Gran Vía de Madrid hay mendigos que viven al aire libre, como si la calle fuera un dormitorio. Tienen colchón, colcha y diversos objetos de uso cotidiano tras los que se fortifican. También, casi siempre, un perro o dos que les proporcionan calor y sirven de reclamo para pedir limosna. A la gente le da menos apuro ayudar a un perro que a un ser humano. De vez en cuando un grupo de voluntarios de una ONG se acerca a ellos, les ofrece café caliente o caldo, les pregunta si necesitan algo. Cuando esta escena ocurre cerca de mí, me detengo a escuchar la conversación entre los indigentes y los jóvenes solidarios.

-Necesitaría un armario -dijo el otro día un mendigo-.

-¿Un armario? ¿Para qué? -preguntó una solidaria-.

-Para meter todo esto -concluyó el hombre señalando los objetos que lo asediaban-.

Seguí mi camino intentando hacerme cargo de la nostalgia del armario. Llegué a casa, abrí el de mi dormitorio y empecé a sacar trastos de la parte de abajo. Aparecieron un par de botas camperas con las suelas despegadas, que no usaba desde hacía treinta años. Luego encontré, todavía embalada, una botella de cristal que compré hace una eternidad en Copenhague para un amigo que falleció antes de que tuviera la oportunidad de entregársela. Era de vidrio soplado, con incrustaciones de papel de oro o algo semejante. Con el tiempo se había convertido en la botella del náufrago. Pensé que si mi amigo estaba muerto, debería estar rota, de manera que la hice añicos y la llevé al contenedor de vidrio. Luego me deshice también de las botas camperas con las suelas despegadas. Decidí ir vaciando el armario día a día, semana a semana en la idea de que a medida que fuera haciendo hueco en su interior, haría también hueco dentro de mí.

El hueco fue creciendo, pero no de una manera práctica, como para hacer sitio a nuevos objetos o a nuevas sensaciones, sino como una experiencia existencialista provocadora de una angustia nueva. Más que un hueco, parecía un agujero. Dejé, pues, de vaciarlo y comencé a llenarlo de objetos inservibles hasta que yo mismo me sentí llenó de hábitos inútiles. Ayer pasé por la Gran Vía y el mendigo del armario había desaparecido.

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