Soy de natural poco dado a creer "en nada", como decía Antonio Machado que ocurría en "esta segunda inocencia". Supongo, también que los más de treinta años de ejercicio del periodismo no han hecho más que incentivar esa instintiva tendencia mía a no fiarme demasiado de lo que me dicen, incluso de lo que veo. Tengo asimilado que la verdad, así, en absoluto, no existe, pero asumo que para manejarnos, para hacer vivible eso que llamamos vida, construimos una serie de convenciones, de acuerdos mayoritarios (rara vez se da la unanimidad en nada), y los damos por buenos.

Siempre me ha interesado eso de "la verdad", y su siamesa, la mentira, y el modo en que usamos una y otra dependiendo de nuestras intenciones, de nuestros deseos, de nuestra conveniencia. Pero es probable que jamás hayamos vivido una etapa en toda la historia de la Humanidad en que la mentira fuese tan frecuente, tan audaz y tan "verdad" como es hoy. Un estudio ha desvelado que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, dice una mentira cada tres minutos y veinticinco segundos, haciendo bueno el viejo dicho español de "miente más que habla". Y es evidente que, aun siendo el plusmarquista, no será una excepción, sino una regla entre los de su gremio, algo que ya intuíamos aunque ningún dato lo corroborase.

Los expertos nos explican que esto es así porque vivimos en la era de la "postverdad", que es una manera moderna y un poco bobalicona de llamar a la mentira. Y esa postverdad no solo afecta al presente, sino que actúa también en el pasado, que ahora mantenemos en constante revisión. La postverdad ha inventado la máquina del tiempo y ya es posible viajar al pasado y transformarlo según sea conveniente y se acomode mejor a nuestros intereses o, en algunos casos, a nuestros traumas. Incluso quieren hacernos creer que podemos ganar las guerras que perdimos, alzar reinos y soberanías que nunca existieron y rehabilitar fueros que nadie tuvo con solo repetirlo el número adecuado de veces, siguiendo la fórmula de "una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad", que determinó el nazi Goebbels.

Sin embargo, todo esto sucede porque estamos dispuestos a que suceda. La postverdad triunfa porque abonamos el terreno, porque nos satisface oír aquello que queremos oír y lo asumimos sin admitir siquiera la posibilidad de que tal vez eso no sea así como nos dicen. El big data nos analiza, nos retrata, y luego nos envía la doctrina exacta que nos esclavizará. Es posible que nunca como ahora estuviese tan amenazada la libertad mientras creíamos ejercerla.