05 de enero de 2019
05.01.2019

Bombones amargos

05.01.2019 | 00:45
Bombones amargos

Como alguna vez ha dicho mi maestro Manuel Alcántara, que en seis días cumple noventa y un año y aún sigue escribiendo columnas brillantes e imprescindibles, yo soy de todos los sitios donde he estado y de alguno en los que no he estado todavía. He tenido la suerte de dar varios paseos por el mundo para comprobar que en todas partes somos más o menos iguales, que, como dice Camus en su Calígula, las gentes nacen, mueren, y no son felices.

Uno de esos sitios en donde he estado y a los que siempre quiero volver es Bruselas. En Bruselas, además de extasiarte contemplando la más hermosa plaza de Europa, y probablemente del mundo, si tienes suerte siempre encuentras a alguien que te cuenta la historia de cómo uno de sus habitantes inventó los bombones. Es allí mismo, junto a la Grand-Place, en la Galería de la Reina, donde hubo una botica cuyo propietario decidió envolver en chocolate unas píldoras extraordinariamente amargas que tenían que tomar muchos de sus vecinos. Así era más fácil tragarse aquella repugnancia.

Sea verdad contrastable o tenga un poco de leyenda, habrá que convenir que si non è vero, è ben trovato, aunque el procedimiento sea tan antiguo como la historia de la Humanidad. Cada vez que alguien ha querido hacernos engullir lo más amargo lo ha envuelto en algo apetecible y nos lo ha puesto en la boca.

Así, mismamente, andamos por aquí en estos días. Llegan unos cuantos, arman a una serie de pseudoargumentos politicosociales basados en la víscera más que en la lógica, y envuelven con ellos su racismo y su fascismo, cubriéndolos con la dosis de dulce necesaria para que alguna gente, cansada de no tener respuestas, se trague el contenido amargo del que nunca hablan, pero que nos pondría a marcar el paso a las primeras de cambio.

Las encuestas andan estos días alteradas, revolucionadas por lo que parece ser la consolidación de la involución, lo que no deja de tener su punto paradójico, y casi tendría todo algo de gracioso si no nos jugáramos lo que nos jugamos. Y lo que nos jugamos es la libertad y también la igualdad, conceptos imprescindibles para vivir, para desarrollarnos, aunque a veces se nos olvide que durante cuarenta años nos los arrebataron y nos hicieron tragar miles de píldoras amargas sin miramientos.

Parece que hay muchos dispuestos a votar a esta gente engolosinados por la leve capa de chocolate con que envuelven su odio. Me parece bien, están en su derecho. Pero, por favor, luego tened la decencia de no preguntar por quién doblan las campanas.

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