05 de enero de 2019
05.01.2019
Ritos de paso

Vida cotidiana

05.01.2019 | 00:45
Vida cotidiana

Todos los inicios de temporada desayuno con una antigua colega? pongámosle de nombre Clara. Le gusta quedar en hoteles. Hasta hace poco su preferido era el Villamagna pero le empezó a cansar el aspaviento de falso poder que hay en su cafetería. Costó encontrar alternativa, bueno, le costó a ella, a mí, como hubiera dicho Amancio, me es inverosímil. Probamos el Eurobuilding pero no cuajó. También el Hotel de las letras. Nada. Hasta que decidimos volver al Wellington, digo volver porque era el que frecuentábamos al principio de nuestros encuentros. Clara es, desde hace años, una muy alta ejecutiva de una multinacional de la publicidad. Durante nuestros desayunos me pone al día de lo que se está cociendo en ese mundo que tanto quiero en su faceta creativa pero que tanto detesto como negocio depredador y cainita. Pero esta vez Clara no estaba para hablar del sector, de nuestro sector, "mi marido se ha ido con la secretaria", me soltó a bocajarro. Tardé en articular palabra. Aparte de que Clara era un mujer de poco más de cincuenta años alta, atractiva y de una personalidad muy marcada, por lo que yo sabía su matrimonio era un edifico muy consolidado desde hacía más de veinte años. Él, Mario, era un modesto abogado pero muy reconocido profesionalmente, al que le encantaba su puesto de secundario en un importante despacho de abogados madrileño. "¿Qué significa que se ha ido y adónde?". "A vivir con ella, a su casa, a un apartamento cerca de la plaza de las Ventas, así la tiene más cerca para San Isidro", me dijo Clara entre sarcástica y fría. "Pero ¿sin más? Pues vaya comienzo de año". Clara me contó que la cosa se venía fraguando justo después del verano, cuando volvieron, según ella, de unas espléndidas vacaciones en Córcega. De la noche a la mañana, Mario cambió, empezó a estar menos en casa, a salir con compañeros de trabajo los viernes, cosa que no había hecho nunca, hasta que confesó, después de varios interrogatorios por parte de Clara, que se olía algo raro. "En fin, qué le vamos a hacer. No tengo tiempo de ocuparme de eso ahora. Mis abogados lo harán. Al no tener hijos todo es más fácil. Y la semana que viene viajo a Atlanta, la próxima a Londres y en fin de mes a Singapur, ¿te apetece venir conmigo? Te invito sin ningún compromiso". "Me apunto a Singapur". Y así quedamos, hasta el viaje. Por cierto, desayunamos un café con leche, sin más.

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