10 de enero de 2019
10.01.2019

La mujer que plantó cara a Lenin

10.01.2019 | 01:29
La mujer que plantó cara a Lenin

Permítaseme recordar aquí a la pequeña gran mujer que fue Rosa Luxemburgo, la antimilitarista y revolucionaria que abogó por un marxismo de rostro humano y plantó cara en sus escritos teóricos al ultracentralismo de Lenin.

El 15 de enero se cumple el centenario del asesinato de esa judía polaca que militó en el Partido Socialdemócrata alemán hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial para abandonarlo luego en desacuerdo con su apoyo a lo que consideraba un enfrentamiento entre imperialistas.

Para Luxemburgo, la guerra era a la vez necesario acompañante y consecuencia directa de la expansión capitalista y en ella mostraba con toda claridad la burguesía su auténtico rostro.

Rosa Luxemburgo pasó casi todo aquel conflicto armado en la cárcel, acusada de incitar a la desobediencia a los soldados y escribió entre rejas algunos de sus escritos teóricos más conocidos.

La guerra dividió profundamente a la socialdemocracia alemana: su sector mayoritario y más conservador quería solo construir una república parlamentaria mientras que la Liga Espartaquista, fundada en contraposición a ese sector por Luxemburgo y Karl Liebknecht, aspiraba a la revolución total.

Consideraban estos últimos a los socialdemócratas, liderados por Friedrich Ebert, primer presidente de la República de Weimar, moralmente corruptos, gentes que perdían el tiempo en debates parlamentarios sin atreverse a nacionalizar la gran industria, desarmar a los militares y desposeer a las elites políticas que los apoyaban.

En un ambiente de odio y de histeria colectiva, que obligó a los líderes espartaquistas a pasar de escondite a escondite, Rosa Luxemburgo fue secuestrada y asesinada por miembros de una milicia paramilitar, el llamado Cuerpo Libre, y su cadáver, arrojado a las aguas del Landwehrkanal, de Berlín.

Los historiadores no libran de responsabilidad en aquel asesinato, así como el de Liebknecht, ocurrido el mismo día, al ministro de Defensa socialdemócrata Gustav Noske, que había hecho poco antes un llamamiento a la "salvación" de la República frente a sus enemigos internos: es decir, los espartaquistas.

La organización paramilitar Soldados del Frente había llamado públicamente en un cartel a los trabajadores y demás ciudadanos a liquidar físicamente a los líderes de la Liga Espartaquista con la promesa de que solo después tendría el pueblo "paz, pan y libertad".

Rosa Luxemburgo fue una brillante y fogosa oradora. Economista y políglota, dirigió o colaboró en diversos periódicos socialdemócratas, entre ellos el órgano central de ese partido, Vorwärts, desde los que rechazó los créditos en apoyo de una guerra que, según ella, sólo beneficiaba a los poderosos.

Su obra principal, La acumulación del capital, de inspiración claramente marxista y considerada el punto de partida de una teoría del imperialismo, dio lugar a un fuerte debate en el seno de la izquierda.

En uno de sus ensayos más famosos sobre la revolución rusa, Luxemburgo sostuvo que "sin una prensa libre, sin derecho de asociación y de reunión", era imposible gobernar a las masas.

"Libertad solo para los partidarios del Gobierno, solo para los miembros de un partido, por numerosos que sean, no es libertad. La libertad es siempre libertad para quienes piensan de otro modo", escribió la gran revolucionaria.

No es de extrañar que, como recuerda Der Spiegel, cuando se celebraron los 80 años de su nacimiento, la entonces Alemania comunista publicara sus escritos expurgados y precedidos de prólogos en los que Lenin y Stalin, entre otros, advertían de sus errores doctrinales.

Como tampoco debería extrañarnos que el partido ultraconservador Ley y Justicia que gobierna Polonia retirara el año pasado de su casa natal, en Zamosc, la placa dedicada a su memoria.

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