11 de enero de 2019
11.01.2019

Ostracismo

11.01.2019 | 00:56
Ostracismo

En la Antigua Grecia existía una ley llamada Ostrakismos que permitía desterrar a los malos gobernantes. La condena al ostracismo era literalmente eso, el destierro por mal gobierno.

No se trataba de una decisión judicial, ni se debía necesariamente a casos de corrupción u otros asuntos delictivos, sino que era una decisión política de la gente, una reacción ciudadana de autodefensa ante un líder desastroso e inepto, un contundente "¡Hasta aquí hemos llegado!".

Había dos votaciones, la primera a mano alzada y sin debate. Había que traer la decisión tomada de casa. Al fin y al cabo, todos conocían al gobernante y había que evitar la confrontación entre personas de distinta opinión. Además, esta primera votación solo abría el proceso así que entendieron que nada había que debatir, solo votar.

Si la propuesta prosperaba, había que esperar dos meses que se empleaban en meditar bien el asunto. Luego se procedía con la segunda votación que, esta vez, se hacía por escrito y requería mayoría absoluta de los convocados a la asamblea de la polis. Si se alcanzaba esta mayoría, el político disponía de solo diez días para arreglar sus asuntos y marcharse para no volver hasta pasados diez años.

Algunos de estos malos gobernantes habían ascendido por la violencia, pero muchos otros por apoyo popular utilizando la demagogia o el populismo. Cuando llega el momento de gobernar, las falsas promesas y las bonitas palabras, caen una tras otra y con ellas la venda de los ojos de mucha gente. Pero siempre quedan grupos de incondicionales al líder que tragan con todo lo que sea necesario. Para esos casos, y con idea de evitar las confrontaciones civiles, los viejos griegos facilitaban la partida de los incompetentes condenados al ostracismo y, en ocasiones incluso se les proveía de dinero, lujos y magníficas villas en alguna isla mediterránea, para que se dorasen al sol y disfrutasen de la vida, pero lejos. Muy lejos.

Pienso en ello cada vez que un titular, una declaración o un tuit me produce un acceso de vergüenza ajena. A veces dan ganas de iniciar una recogida de firmas para recuperar la idea.

El problema es que las distancias ya no son lo que eran y, ni con kilómetros de por medio, hay forma de que algunos dejen de dar la lata. Para muestra, ahí tenemos a José Luis Rodríguez Zapatero en su cruzada por apoyar la injustificable tiranía que asola Venezuela, o al fugado Puigdemont en su villa de Waterloo, empeñado en sus arcanos de coros y danzas que, si a nosotros nos dejan ojipláticos, no puedo ni imaginar lo que pensarán en el resto de Europa. Se cuenta además que ha desarrollado una paranoia que le lleva a pensar que va a ser envenenado y que, por eso, él sí que ha recuperado un hábito de los reyes del mundo antiguo, el de que alguien pruebe su comida antes de comerla él. Como Cleopatra. Un detalle muy significativo de la catadura del individuo.

Aún así, es evidente que no es lo mismo recibir noticia de astracanadas en el extranjero que tenerlos aquí y empuñando los poderes del Estado. Así que, en algún momento de debilidad, puede uno sentirse tentado de dejarse llevar y fantasear un poco sobre los mandatarios en activo que, como control de daños y ridículos, uno mandaría a una lejana jubilación forzosa hasta pagando. Una inofensiva fantasía de autocomplacencia que, una vez superada, nos trae de vuelta a la realidad, nos hace mirar el calendario y preguntarnos otra vez, a ver si se convocan de una vez las próximas elecciones.

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