07 de marzo de 2019
07.03.2019
Retiro lo escrito

Huelgas y manifiestos

07.03.2019 | 01:09
Huelgas y manifiestos

Hace ahora casi un año se celebraba el Día de la Mujer. Fue un gran día, un éxito indiscutible como convocatoria política, un impresionante aldabonazo feminista que emocionó a muchos cientos de miles de mujeres y hombres en todo el país. Recuerdo que me referí entonces, en una columneja, al interminable y muy discutible manifiesto de la huelga general feminista, insistí en que su relevancia era limitada, porque la propia protesta evidenciaría en manifestaciones y concentraciones su carácter transversal y su pluralismo ideológico. Pensé incluso que las propias responsables del manifiesto tomarían buena nota y sortearían en siguientes convocatorias un pronunciamiento tan hiperideologizado y con una vocación doctrinal que lindaba con lo eclesiástico. Dentro del propio movimiento feminista -amplio, rico y nada monolítico- se debatió si repetir el siguiente 8 de marzo la convocatoria de una huelga general suponía la estrategia más acertada. Toda la experiencia acumulada en siglo y medio de huelgas -gremiales, obreras, estudiantiles- te indica lo contrario. Es difícil encontrar un esfuerzo tan inútil como ritualizar una huelga: finalmente se convierte en un amuleto más que en un instrumento de participación cívica. Y la gente deserta.

Como suele ocurrirme, me he equivocado. Habrá huelga o eso se pretende. Y el manifiesto del Día de la Mujer de 2019 es aún más largo, más excluyente y más exasperadamente sectario que el del año pasado: un texto frente al que cualquier ensayo de Judiht Butler parecería escrito por Laura Ingalls. Cuesta no detectar una singular paradoja entre los postulados programáticos de un manifiesto tan radical (y torpe) y el apoyo cuasiuniversal a una "jornada de lucha" que tiene las simpatías del Gobierno, la mayoría de los partidos, los sindicatos, los colegios profesionales y las asociaciones de vecinos: de Patricia Botín a los chicos y chicas de la CUP. O el manifiesto es un sulfuroso ejercicio de retórica desconectado de cualquier potencia transformadora o la nueva ola feminista está a punto de ser envasada como bebida refrescante para consumo de todos.

Y no se trata de diferencias o tensiones entre el feminismo de la igualdad y el feminismo de la diferencia a la hora de dirigir un movimiento y decidir su papel operativo y sus propuestas en el espacio público español durante los próximos años, sino de centrarse en un conjunto de políticas, medidas y acciones que siguen siendo tan imprescindibles como urgentes. No lo es, desde luego, la penúltima ocurrencia de Podemos: cortar cualquier subvención pública a entidades que no cumplan escrupulosamente con la paridad entre géneros como, por ejemplo, la Real Academia de la Lengua. O se designan rápidamente a una quincena de académicas -vienen a decir los podemitas- o los fondos destinados a investigación, becas o divulgación editorial de la Real Academia debe suspenderse y al carajo con todo. Para conseguir viralizar esta melonada, una señora de Podemos pidió a Arturo Pérez Reverte que renuncie a su plaza de académico para que entre en la Casa una escritora, porque además los escritores que no le gustan a Podemos -a las dirigentes de Podemos más concretamente- deben ser molestados y zaheridos por sus morados ovarios. Esta ristra de imbecilidades, nutridas de una petulante ignorancia sobre la misión y los objetivos de la Real Academia -cuya número dos y secretaria es una mujer, la profesora Aurora Egido- le sirve a Podemos para no comentar que entre sus candidatos a presidir comunidades autonómicas el próximo mayo solo dos son mujeres. Por ejemplo.

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