18 de abril de 2019
18.04.2019
Lo que hay que oír

La mujer de los crucigramas

17.04.2019 | 21:46

Se nos acaba de morir a los 88 años la escritora Francisca Aguirre Benito y con ella se me ha muerto para siempre el pueblo de La Antilla, provincia de Huelva, a solo un cuarto de hora del Lepe de los chistes. En aquel lugar fui muy feliz en los 80 y 90 del XX. Ya nada queda de aquello, idos ya Paca Aguirre y su marido, Félix Grande. Adiós a aquella playa que fue blanca, a las madrugadas en el bar de pescadores, al limpísimo océano, a la compra de la prensa en el "Piscis", al paseo por su avenida de Castilla, al mercadillo aquel. Quise tanto a Paquita que una tarde dirigí palabras muy subidas de tono, durante ciertas jornadas universitarias en San Roque (Cádiz), a cierto profesor que le faltó al respeto en su ausencia. Hacerle daño a Paca era hacerle daño a la bondad. Por aquella época era casi poeta clandestina, con un par de premios tan solo. El poeta grande era Grande. Aún no había llegado el despegue poético de Aguirre en el XXI, premiándola con, qué sé yo, el Premio Internacional Miguel Hernández (alicantino como ella), el Premio Nacional de Poesía, el Premio Nacional de las Letras Españolas, concedido el año pasado. Nada menos. Lo justo para que sus obituarios sean pequeñitos (o inexistentes, como corresponde a España) y sus necrológicas pasen al vuelo. Claro, era una mujer de la Generación del 50, con esos poetazos varones: pero ella era una mujer. Por lo tanto, a la sombra.

Nos citábamos, entrada la mañana, en la terraza del Miramar, ella con su cervecita o su vermú más unas gambas si se terciaban. Hacía crucigramas bajo aquellos días azules. Me sentaba a su lado, sonreía dulcísima y me saludaba: "Pues aquí estamos, Paquito". Y venga a contar. Y yo embobado escuchándola. O aterrorizado, como cuando me relató cómo la vistieron de niña cursi emperifollada para ir al Pardo a pedir clemencia por su padre Lorenzo, condenado a muerte en 1942. La atendieron muy bien, era una cría muy mona. Pero a su padre le dieron garrote vil. O como cuando la vi una mañana llorando a mares, hecha polvo, porque se le había caído un diente: "¡Se me ha venido todo el pasado encima, Paquito querido, el hambre, el hambre aquel de tanto tiempo!". La memoria del hambre, que nunca se borra, la hacía no dudar cuando el gitano del restaurante Lino nos cantaba la carta: "Tenemos choco, choco frito, acedías, pijotas?". Paquita: "Pues ponnos de todo, anda. Y tráete jamón". Cantaba copla, era feliz cuando pasábamos a Portugal en el barquito y comíamos en Vila Real de Santo Antonio o en Tavira, regado todo con aquel alegre Mateus que sacaba toda su energía, la de quien quiere vivir a dentelladas y recuperar el tiempo perdido por culpa del fascismo. Tenía su genio: qué paella nos dio en la playa antillana una vez que todo el dolor le afloró, ese dolor que su mirada limpia y su risa escondían en un rinconcito del fondo de sus ojos. En su casa sufrimos un terremoto mientras oíamos tangos o la guitarra de José María Gallardo, ni recuerdo ya. Pero no perdonábamos las sesiones de cine al aire libre, con la facundia de Paquita comentando las películas, riendo a modo o llorando, por qué no. Y me cogía del brazo para contarme que una vez bajó a por tabaco al bar de la esquina en Madrid, embarazada de ocho meses, y se topó con un camionero que, al verla pasar, le espetó risueño: "Qué: ¿se nos pasó el arroz?".

Paquita Aguirre, Paca, Francisca, enorme mujer, grandísima poeta. Cuánto la quise. Luego, ya nadie sabe por qué, dejamos de vernos (alguna noche, sí, en su casa con Félix y Jesús Quintero o Paco de Lucía), alguna vez la llamé, alguna me llamó. Pero todo quedó bajo el sol de La Antilla. Las cosas tienen su espacio. Adiós, Paquita.

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