18 de abril de 2019
18.04.2019
inventario de perplejidades

La piel de los televidentes

17.04.2019 | 23:10

"La piel tiene memoria" suelen explicarnos los dermatólogos para alertar sobre los peligros de una sobreexposición al sol y otros agentes atmosféricos. Una advertencia que puede valer también para cualquier otro proceso llevado al límite de la saturación. Al que esto escribe, el hartazgo de acontecimientos repetidos le ha llevado a recetarse una rigurosa abstinencia para no rebasar las líneas rojas (ahora se dice así) de la enfermedad mental. Me ocurre, por ejemplo, con las series de televisión de gran audiencia. He visto tantas, y tan buenas, en el pasado que engancharme (ahora también se dice así) a las más recientes me resulta estomagante. Y no importa que estén estupendamente realizadas, dirigidas e interpretadas, que los guiones no sean ingeniosos y los efectos especiales, espectaculares. Sencillamente, que mi capacidad para asimilar nuevos productos audiovisuales está ampliamente desbordada y cualquier intento de hacerme tragar una última cucharada podría provocarme vómitos incontenibles como le suele ocurrir a los bebés tragones con la papilla. (Una por papá, y otra por mamá hasta que el plato quedaba vacío).Digo lo que antecede porque estos primeros días de Pascua tuvo lugar el estreno mundial de un nuevo capítulo de Juego de tronos, una serie de televisión que desde hace años siguen con interés millones de personas en todo el mundo. Un fenómeno insólito, ya que al decir de los expertos en la materia el interés de la audiencia suele decaer con el paso del tiempo, pero en este caso ocurre lo contrario. En buena parte, parece ser, por la imprevisibilidad de la trama en la que los protagonistas principales no se atienen a comportamientos basados en la lógica más elemental. El caso es que, pese a todos esos alicientes, el que esto escribe nunca ha visto un capítulo de ese juego, ni sabe de su existencia excepto por las menciones de los críticos en las páginas dedicadas a la producción audiovisual. Y algo parecido me ocurrió con Los Soprano, una serie de éxito sobre una familia de gánsteres. El reloj del tiempo dedicado al ocio televisado se paró hace muchos años para mí. Las únicas series que seguí con especial atención en aquella televisión, única y en blanco y negro, del régimen franquista fueron Los intocables y El fugitivo. Y en tono menor, y episódicamente, Bonanza y El virginiano. En la primera de ellas Robert Stack interpretaba el papel del jefe de un departamento policial, Eliot Ness, que luchaba contra los traficantes de alcohol en la época de la prohibición. Los capítulos solían terminar con la detención de los pandilleros y los policías reventando enérgicamente con un hacha los barriles de cerveza o de vino. Una furia destructiva que no se acababa de entender en un país como el nuestro tan aficionado a empinar el codo. El fugitivo, en cambio, nos trasladaba la angustia de un médico, el doctor Kimball, que huía de la justicia acusado injustamente del asesinato de su esposa. Todas esas eran series norteamericanas, pero yo sentía debilidad por una inglesa, Los vengadores, en la que una bellísima Diana Rigg iluminaba con su presencia la pantalla. Y se libraba de los delincuentes con unas elegantes llaves de defensa personal.

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