21 de mayo de 2019
21.05.2019
A Coruña

Religiones

20.05.2019 | 21:41

Relegar, la unión con uno mismo, con esa parte sagrada que cada individuo posee en su interior. Jamás debería perder la religión su significado más puro e intrínseco. Pero en estos tiempos tan convulsos con la causa, cabe reflexionar sobre el desmedido auge del fanatismo en contra de las más diversas corrientes religiosas.

No es una cuestión de prisma occidental basado en cristianismo frente a islamismo. Ni siquiera la devoción por el budismo, hinduismo, animismo o politeísmo. De la dualidad entre el bien y el mal en eterna confrontación sobre el tablero del universo. Porque ante esa disyuntiva, acabaríamos arracimados en el sincretismo, la mezcla ecuánime con aquello más relevante y beneficioso de cada culto.

Lo más probable es que las diferentes religiones intuyan que su final no anda demasiado lejos. El ser humano actual se siente invencible, convencido de su desarrollo imparable, y esto, en los dogmas, provoca cierto nerviosismo e incertidumbre. Sin lograrlo en su totalidad, el hombre ha conseguido erradicar en tan solo medio siglo las devastadoras hambrunas de antaño, en buena medida las epidemias, las sangrientas guerras entre naciones. Sabe que su destino, apuntalado en la creciente estimación de esperanza de vida y la investigación en biogenética sobre enfermedades que ya comienzan a superarse, le llevará tarde o temprano a la inmortalidad.

Con los debidos respetos a los sentimientos religiosos, ¿qué venderán entonces las religiones? ¿Qué puede interesarle a un cerebro humano conectado a un ordenador cuyo binomio vivirá por siempre, la creencia en un ser supremo que les juzgará? ¿Cuándo habría de hacerlo, si no hay un paso a otra vida? Recordemos que ya caminamos a todas horas con un ordenador en la mano, y no ha pasado tanto tiempo, desde que se hallaba postrado en la mesa de un escritorio.

Las masacres de Sri Lanka y Nueva Zelanda desaparecen por el sumidero del vertiginoso olvido que nos devora. Pero el alzamiento armado en favor del fervor religioso, nunca será un buen ejemplo de la principal finalidad de una religión.

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