Temen los más aprensivos que el próximo gobierno cooperativo de Pedro Sánchez apoyado por Pablo Iglesias vaya a ser una zapatiesta de gasto y descuadre de las cuentas públicas, pero no hay por qué. Las diferencias entre socialdemócratas y conservadores „que hasta gobiernan juntos en Alemania„ son lo bastante tenues como para que cueste advertir que se ha producido un cambio en el puente de mando de cualquiera de los socios de la Unión.

Probablemente se notará algo más la mudanza cuando la verdadera gobernanta de Europa, Angela Merkel, deje el cargo a una colega que es, según dicen, aún más estricta que ella. Para empezar, se apellida nada menos que Kramp-Karrenbauer, lo que acaso sea toda una declaración onomástica de principios. Pero lo cierto es que nada va a cambiar en lo sustancial: ni aquí, ni „por supuesto„ en Berlín.

El propio Sánchez, presidente autonómico de España, lleva un año gobernando con el programa económico de su antecesor, Mariano Rajoy; y no parece que se haya sentido particularmente incómodo con esa herencia.

Bien al contrario, la economía ha seguido creciendo con robustez; los turistas llegan por millones, como de costumbre; y a lo sumo se echa en falta un más equitativo reparto de los beneficios de la empresa España, ahora que la crisis quedó atrás. Los trabajadores que pagaron los platos rotos de la primera Gran Recesión de este milenio aspiran, no sin razón, a disfrutar la parte que les corresponde de la pequeña bonanza.

Ese es precisamente el trabajo de la socialdemocracia, corriente ideológica que está muriendo de éxito en todo el continente con la notable excepción de España y, sobre todo, Portugal. Del resto de Europa ha ido desapareciendo en los últimos años por la fácil razón de que todos los países de la UE son ya socialdemócratas, aunque los gobiernen políticos conservadores.

Casi todo lo que figuraba en los programas de la socialdemocracia ha sido implantado en las naciones europeas e incluso en Canadá, que viene cayendo por la parte de Norteamérica vecina a Trump. Hay matices entre unos y otros países, claro está; pero la sanidad pública, los seguros de desempleo, las pensiones y los subsidios a desfavorecidos son moneda común en estos confortables territorios del Primer Mundo.

Ofrecer socialdemocracia a los ya socialdemocratizados es un empeño tan inútil como el de vender hielo a los esquimales; lo que tal vez explique la progresiva decadencia de los partidos que se acogen a esta denominación de origen. Todos somos ya socialdemócratas, aunque no caigamos en la cuenta, como aquel personaje de Molière que hablaba en prosa sin saberlo.

Prueba de ello es que los conservadores y/o liberales no se plantean siquiera su abolición cuando llegan al poder. Introducen matices dentro de la gestión, como hicieron años atrás en los países nórdicos; pero ninguno cuestiona a estas alturas el sistema de pago a escote de los servicios „mal llamados gratuitos„ que caracteriza a la socialdemocracia.

Difícilmente Sánchez, penúltimo socialdemócrata en el poder junto a su colega portugués Antonio Costa, va a hacer grandes cambios en la política de su antecesor, salvo un módico reparto de la riqueza que beneficie algo a los currantes. Otra cosa es que su socio Iglesias se resigne a mirar y dar tabaco; pero igual llega a la conclusión de que también él es socialdemócrata. Como todos.