28 de junio de 2019
28.06.2019

La maldición de Caín

27.06.2019 | 21:07

La percepción social de la Historia tiene mucho de maniquea. Cuerpo y alma, ortodoxos y herejes, buenos y malos, la secularización de las ideas no ha introducido ninguna modificación en este bajo obstinado de nuestras creencias. El siglo XVIII vio disputar a ilustrados y absolutistas; el XIX, a afrancesados y reaccionarios. En la Rusia de los zares, los occidentalistas pugnaban con los eslavófilos, y hoy todavía perdura esta controversia. No se puede entender el siglo XX sin pensar que el nacionalismo y el socialismo han definido el abecedario axiológico de las posturas enfrentadas, aunque a menudo uno y otro se confundieran y se fecundaran mutuamente. ¿Qué fue la URSS, por ejemplo? ¿Era realmente más zarista o más internacionalista? Y en los Estados Unidos, ¿no cabe confundir a menudo a los republicanos con el aislacionismo nacionalista y a los demócratas con el internacionalismo más occidentalizante? Pero lo contrario también ha sucedido a menudo. Pensemos en los neoconservadores que quisieron imponer la democracia a la fuerza en países y culturas históricamente ajenos a ella o, viceversa, en los gobiernos demócratas que se acercaron a posturas antiliberales. El historiador John Lukacs „siempre más atento a las creencias que al determinismo„ intenta explicar esta aparente paradoja apelando al dominio de las exigencias de la vida sobre las teorías abstractas. Las personas eligen "creer" en algo „y no al contrario„, por lo que ese maniqueísmo del que hablamos reflejaría, más que unas "categorías constantes, ciertas tendencias de la mente".

Nada muy distinto sucede hoy. Lo que creíamos bueno hace unos años resulta ahora inquietante y molesto. Durante décadas, Europa se erigió en un espacio de libertad y progreso: el horizonte natural de los pueblos del sur „España, Portugal, Italia, Grecia„ y del este. Durante décadas, la globalización sirvió de marco para el desarrollo del comercio, la pacificación de los conflictos por vía económica y, en definitiva, de asidero para el incremento de la renta per cápita en los países en vías de desarrollo o subdesarrollados. Los datos avalan esta mejora „en la extensión de la esperanza de vida, en la alfabetización masiva, en el aumento de la clase media en Asia y, más modestamente, en África„; pero, como sabemos, los datos no explican toda la realidad. Al contrario, a veces incluso la enmascaran. Y, en todo caso, apenas sirven para encontrar ese marco común que haga posible un diálogo fructífero. Y quizás esto sea lo que cuente.

Lo que ayer era bueno hoy provoca rechazo. Por supuesto, se podría contemplar el mundo en lo que tiene de histórico; es decir, de fracturado, de imperfecto. Y ser conscientes de que esa fractura muestra nuestra humildad, como entendieron bien los moralistas franceses. Se vería entonces que unos y otros „todos al fin„ nos dejamos guiar demasiado por nuestros prejuicios. Pero también que el maniqueísmo destruye mucho más que lo que construye. Y que, considerando el día a día de la Historia, nos convendría mucho más pensar en organizar la pluralidad que enfrentarnos obstinadamente en nombre de una verdad altiva y ciega. Sobre todo ciega, sin duda, debido a ese dualismo emocional que se muestra incapaz de percibir las razones de los demás. La Europa actual, dividida entre tendencias "resoberanizadoras" e internacionalistas, debería plantearse no sólo el pedigrí de su fortaleza sino la causa de sus debilidades. En tierra de nadie, la maldición de Caín refleja también el destino perverso del maniqueísmo. Nada hay nuevo bajo el sol.

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