16 de julio de 2019
16.07.2019
Embajador de España

Una mirada dominante

15.07.2019 | 22:11

Esto de hacerse retratos viene de muy atrás. Los faraones llenaban las riberas del Nilo de pinturas y estatuas gigantescas con su efigie y descripción de sus hazañas, y los emperadores romanos hacían otro tanto en los confines del imperio. En ambos casos se trataba de proyectar poder y majestad y eran instrumento de propaganda y de dominio. Algunas religiones cómo el cristianismo, el budismo o el hinduismo (a diferencia del Islam o del judaísmo) utilizaron la pintura y la escultura para trasladar a masas ignaras la majestad de la gloria celestial con "retratos" de la divinidad en donde, entre nosotros, dios padre aparece como un simpático (o iracundo) viejecito de barba blanca. Tanto se abusó de estas libertades artísticas que se desencadenaron las rebeliones iconoclastas.

Con el paso de los años los artistas, sin dejar de hacer propaganda política y religiosa, se hicieron cortesanos para adular la vanidad de aristócratas y mercaderes adinerados. Se pasó así del retrato fanfarrón al halagador y la costumbre ha llegado a nuestros días aunque ante la popularización de la fotografía (incluidos los selfies) no le ha quedado más remedio que refugiarse en los encargos de las instituciones públicas, que cuentan con galerías de retratos solemnes de quiénes las han dirigido a lo largo de los años. En algunos lugares podían permitirse retratistas de mayor calidad y así hay algún director del Banco de España pintado por el mismo Goya, uno de los mejores retratistas de la pintura universal porque pintaba no solo el físico sino el alma y carácter del retratado como muestra su magnífica Familia de Carlos IV que refleja tanto la estulticia abúlica del monarca como la fealdad soberbia de la reina y la ambición obtusa del príncipe de Asturias. Y como entre nosotros la Historia se reinventa en el mejor estilo orwelliano, el Parlament de Cataluña ha retirado el retrato del rey Felipe VI e imagino que para cubrir el hueco se debaten entre colocar uno del "Fugado de Waterloo" cuya alborotada cabellera hace pensar en un Boris Johnson moreno (al fin y al cabo uno quiere salir de Europa y el otro de España), o si poner el del inefable Quim Torra, actual presidente de la Generalitat que ofrece la ventaja de ser un ejemplar de pura raza catalana. Yo no dudaría.

Viene esto a cuento del descubrimiento de un retrato de Velázquez que se consideraba perdido desde hace más de doscientos años y que cuando reapareció se confundió inicialmente con una obra de la escuela flamenca. Es un cuadro fuerte y sobrio de Olimpia Maidalchini Pamphili que era sobrina y amante del papa Inocencio X (Gianbattista Pamphili), del que Velázquez hizo un inquietante retrato que revela inteligencia y desconfianza y ante el cual el tiempo parece detenerse. Se encuentra en la Galería Doria-Pamphili, en la romana Vía del Corso y sus ojos inquisitivos no dejan de mirarte mientras te mueves a su alrededor. Tras verlo Olimpia le pidió a Velázquez que la pintara también a ella, aprovechando que el pintor estaba en Roma donde se alojaba en el Palazzo di Spagna, residencia del embajador español, en cuya lavandería pintó La fragua de Vulcano tomando como modelos a varios sirvientes.

Supongo que Velázquez no tuvo más remedio que pintarla porque a Olimpia no se le decía que no, pues debía ser una señora de armas tomar que en su juventud se había negado a entrar en un convento como deseaba su padre (y oponerse a un padre en aquella época no debía ser nada fácil para una mujer) y que entonces mantenía una pequeña corte en su fastuoso palacio de la piazza Navona que hoy es sede de la embajada de Brasil. Cuando el cónclave eligió papa a su amante, Olimpia supo que su momento había llegado y sin dudarlo un instante se convirtió en la persona más influyente de la corte papal donde opinaba sobre todo, incluyendo la delicada política exterior de los Estados Pontificios. Nada se hacía sin su conocimiento y aprobación y eso le aseguró la enemistad de todos aquellos que sintieron que se interponía en su camino o que sus ambiciones no se veían justamente recompensadas. Los cardenales la odiaban y la llamaban con despreció "la papisa" y cosas peores como "puta", aunque debían hacerlo a sus espaldas y no a la cara, como le gritaron algunos maleducados en la plaza de Sant Jaume a Ada Colau tras su investidura como alcaldesa de Barcelona. Los que insultan revelan poca imaginación porque igual llamaban a María Antonieta cuando iba en su carreta camino de la guillotina. Las mujeres poderosas no gustan porque dan miedo. El caso es que en cuanto murió Inocencio X, su sucesor el papa Alejandro VII la desterró aunque sin éxito porque Olimpia murió antes, víctima de la epidemia de peste bubónica que asoló Roma en 1657. Sic transit gloria mundi.

El fondo oscuro del retrato de Olimpia y su propio vestido negro resaltan el rostro de una mujer madura, no especialmente atractiva pero inteligente y segura de sí misma, que en aquel momento estaba en la cumbre de su poder. Una mujer acostumbrada a ser obedecida, que no era precisamente el papel que la sociedad otorgaba a las mujeres en aquella época. Sotheby's ha subastado el cuadro en 2.780.000 euros y no se quién lo ha comprado. Pero me gustaría que acabara en la misma Galería Doria-Pamphili para enfrentar su mirada fuerte al mirar astuto del papa que fue su amante. Y dejarlos para siempre así, juntos, igual que estuvieron en vida.

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