20 de julio de 2019
20.07.2019
La Opinión de A Coruña
Shikamoo, construir en positivo

El precio (impostado) de la libertad

19.07.2019 | 21:48
El precio (impostado) de la libertad

Tengan buen día. Julio alcanza hoy la veintena, con lo que el siguiente vagón en este tren „agosto„ empieza a mostrar su cara. Espero que el verano siga sentándoles bien. Yo, como ya imaginarán, encantado estoy cuando escucho eso de que en nuestra zona se están produciendo las mínimas temperaturas máximas en todo el país. Fresquito, como contrapunto y fantástico complemento a la luz de estos días. Maravilloso...

Hoy reflexiono con ustedes sobre nuestra libertad personal, sin duda en cotas altísimas en solo unas décadas. Y es que al oscuro tiempo correspondiente al régimen nacido precisamente en un día como anteayer, 18 de julio, ha sucedido un tiempo en el que el desarrollo personal en la pluralidad es posible y tangible, más allá de lo evolucionado en otros países del entorno. Así, a una sociedad en la que el hecho de ser diferente era penalizado hasta la máxima expresión, ha seguido en un tiempo verdaderamente corto otro modelo en el que la variedad es, precisamente, la bandera sobre la que fundamentamos nuestro propio valor como grupo humano. Nuestro país se ha conformado en las últimas décadas como una sociedad realmente diversa, donde ni hace falta que gustemos a todos ni todos nos gustarán a nosotros, pero donde estamos dispuestos a respetarnos, independientemente de características personales, prácticas, creencias o ideologías. Esa es la base de la concordia, no lo duden.

Sin embargo, el precio del acceso a tal nivel de diversidad, y lo hemos comentado en más ocasiones, ha sido alto. Porque si algo bueno tenía esa sociedad tradicional „o, realmente, postradicional, ya que los códigos convivenciales en la sociedad verdaderamente tradicional y rural en Galicia eran, en muchos casos, mucho más avanzados que los surgidos después, en un entorno urbano y bajo la batuta del antedicho régimen, tal y como apuntan algunos autores„, era la capacidad de aglutinación de los individuos. Las redes familiares extensas eran entonces muy potentes, de lo cual aún venimos notando y disfrutando cierto rebufo bien diferente a lo existente en otras partes de Europa. Y, consecuentemente, el individuo vivía más protegido, integrado y acompañado que ahora. ¿Cuál ha sido, pues, tal precio de la libertad? Pues, no cabe duda, el de la indiferencia, debido a que la protección de la diversidad no se vive desde un respeto fundamentado y militante, que hubiera sido lo óptimo, sino desde la mera indiferencia. Nos importamos menos, sí. Y hoy somos más libres, sí, mucho más libres, pero también vivimos más solos, en entornos familiares mucho más reducidos y a veces inexistentes, y navegando más en solitario en una sociedad mucho más rota. Más líquida, citando a Baumann, tal y como hemos glosado aquí otras veces.

Esa soledad conceptual se nota en las relaciones sociales o en el número de individuos „generalmente personas mayores„ que viven solas en pisos. pero se puede relacionar también con lo que realmente ha inspirado este artículo, que no es otra cosa que lo actitudinal en cuanto a los incidentes ocurridos en la vía pública. Y es que, a tenor de varias noticias acaecidas en los últimos días me doy cuenta de lo solos que estamos en medio de la multitud, .¿Por qué? Por lo singular y extraordinario del final feliz „o más feliz que otros„ de las mismas, gracias a la intervención de terceros, ajenos a agresores y víctimas, que pudieron desmontar el contexto de superioridad del atacante. Basta con que haya alguien que nos agreda, nos ataque y trate de imponerse por la fuerza, para que sea raro que otro ser humano, desinteresadamente, nos ampare, acoja y ayude. A esto hemos llegado.

El último de estos episodios se refiere a la presunta agresión a una mujer por su expareja, pero podríamos situar aquí aquel otro en el que el autor confeso de un mediático crimen de una muchacha trató de secuestrar a otra, o qué me dicen del relacionado con el hombre que ahora afronta consecuencias judiciales tras atacar a un ladrón que hostigaba a una mujer mayor. En estos tres graves incidentes, que están estos días en la prensa, la tónica general de inacción y apatía fue rota por la valentía, la determinación y el arrojo y la generosidad de terceros, pero ¿cuántos graves atentados contra las personas no suceden en entornos cerrados, tales como vagones de Metro o autobuses, o en la calle, ante la indiferencia general? ¿Nos hemos abandonado, salvo excepciones, en el empeño de protegernos entre nosotros?

Yo hablo de precio impostado de la libertad cuando aludo a la indiferencia como el vector que nos ha traído a esta sociedad más libre de los albores del siglo XXI. Porque entiendo que no es en algún modo necesario. Ser consecuentes con la máxima del máximo respeto a los zapatos que calza cada uno no significa dejar de cuidarnos, de ayudarnos y de entender como valor, asociado a tal respeto, la protección del semejante. La libertad es importante y hasta fundamental en nuestro desarrollo individual, pero la capacidad de cuidarnos mutuamente quizá sea la piedra angular sobre la que se asienta cualquier sociedad realmente vivible. Si nos falta todo esto, ¿a dónde vamos?

Bueno... Ahí quedan estas líneas, sobre las que ya me comentarán ustedes su punto de vista. Sigan disfrutando del verano, si es su caso, o sobrellevando lo mejor posible cualquier otra situación quizá menos típica y tópica en estas fechas, en la que estén inmersos. Y, así las cosas, enfilando ya la recta final hacia el Día de Galicia, en torno al cual nos preguntaremos por nuestro presente como grupo humano... Será en el próximo artículo, si nos da esa oportunidad la vida... Cuídense y... hablamos.

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