23 de agosto de 2019
23.08.2019
el trasluz

Para empezar

23.08.2019 | 00:54

El caracol no podría ser un animal vertebrado. Iría contra la lógica interna de su arquitectura, del mismo modo que una mosca no podría estar pulmonada. La lógica interna, he ahí lo que falla en el discurso político principal y en los subordinados. El mejillón no puede ser acéfalo los lunes, miércoles y viernes, y céfalo el resto de los días de la semana. Tampoco tiene consistencia alguna que cuando se está en la oposición sea preciso derogar la reforma laboral y cuando se llega al gobierno solo sea preciso corregirla. Este último no es más que un ejemplo entre miles de ellos. Las novelas fracasan cuando su creador no se atiene a la poética propuesta por él mismo, es decir, cuando falla la armonía, cuando se rompe el equilibrio entre las partes del conjunto. Harmonía era, en la Grecia antigua, la diosa de la concordia. El adjetivo concierta con el sustantivo en género y número. No se puede decir «árbol pequeña» ni «caramelo deliciosa».

La realidad política, sin embargo, resulta profundamente asintáctica. Invertebrada donde debería ser vertebrada; pulmonada donde traqueal; vivípara donde ovípara, o viceversa, pretende reptar cuando se presenta con patas y caminar cuando sin ellas. No sabemos si la Constitución es bivalva o gasterópoda, pero debería garantizar los derechos que defiende: el del acceso a una vivienda digna, o el de la igualdad de los ciudadanos ante la ley, por citar solo dos sistemáticamente vulnerados. Por eso la Constitución se lee tan poco, porque carece de la consistencia interna que se le exige a cualquier relato. Algunos podrían argüir que se trata de una constitución romántica, pero es que hasta el argumento de las noveluchas de amor más zarrapastrosas está recorrido por un hilo conductor que somete a unidad todos y cada uno de materiales que la componen, por flojos que estos sean.

Hay quien dice que es la realidad la que debe cambiar los discursos, como si los discursos no fueran generadores de realidad. Si mejorara un poco el caos verbal en el que nos hallamos sumidos, desaparecería en cuestión de horas la fiebre política de la que somos víctimas. No sería poco. Ánimo.

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