31 de agosto de 2019
31.08.2019

Ascetas laicos

30.08.2019 | 20:50

El ascetismo „leemos en la Wikipedia„ es la doctrina filosófica o religiosa que busca, por lo general, purificar el espíritu por medio de la negación de los placeres materiales o la abstinencia". Asceta, en su sentido tradicional, es el que ayuna periódicamente „ya sea por cuestiones de salud o religiosas, como en el caso del Ramadán para los musulmanes„; el que opta por la castidad o por dormir en el suelo o encima de una tabla de madera. Ascetas son los monjes de clausura que mueren para el mundo, encerrados en la intimidad de sus celdas con sus libros y sus rezos. Asceta es el que abandona sus riquezas en nombre del desprendimiento o de la solidaridad con los más débiles. La ascesis consiste en una práctica tradicional, común a muchas religiones: hay ascetas católicos y ortodoxos, taoístas y budistas, musulmanes e hinduistas. Hoy haría falta, sin embargo, una ascética de los laicos: es decir, una renuncia al brillo deslumbrante de tantos bienes en favor de la modestia.

La ONU, por ejemplo, nos ha invitado a reducir el consumo de carne para luchar contra el cambio climático. Más allá de las cifras concretas que ofrecen los distintos estudios, parece lógico pensar que una modificación en el estilo de vida afectaría positivamente al ecosistema: comer menos carne, reciclar más, emplear en mayor medida el transporte público, utilizar fuentes de energía renovables... Se trataría aquí de una ascesis del exceso, pero hay otra quizás aún más importante: la de las ideas. Nuestra sociedad tiende a querer encajar la realidad en la horma de las ideologías y no al revés. Es decir, las ideas distorsionan la realidad entre otros motivos porque vemos solo aquello que queremos ver, haciendo casi imposible el diálogo entre los diferentes.

Una ascesis ideológica empezaría por observar más y, de entrada, juzgar menos. Intentaría entender las razones del otro, en lugar de querer imponer las propias. Aceptaría al hombre en lo que tiene de distinto y plural, en lugar de querer continuamente adoctrinarlo de acuerdo con el último valor triunfante. La tolerancia democrática así se fundamentaría en la amistad y no en la existencia de amplias parcelas ideológicas compartidas. Una ascética de las ideas nos invitaría a tomarnos menos en serio a nosotros mismos y, por tanto, a ser más conscientes de nuestras limitaciones. Al decirles a los demás cómo deben pensar y cómo deben sentir nos convertimos en la última medida del bien y del mal, en la vara de un juicio hipermoralizado, a menudo frívolo y casi siempre caprichoso. La ascesis ideológica nos permitiría recuperar la humildad de la moderación.

Y no nos iría tan mal hacerlo si pensamos que vivimos en un mundo inflamado por los excesos. Rigen los extremos en la sobreexplotación de los recursos naturales y en el transporte de viajeros, en la inflación monetaria y en precio de la vivienda, en el endeudamiento y en los impuestos. Como también rigen en las políticas identitarias, que se dedican cada día a decirnos cómo tenemos que pensar si queremos estar de parte del bien y en contra del mal. Los viejos santos de la Tebaida se retiraban al desierto en Egipto para luchar contra los demonios que los tentaban. Eran, por supuesto, otras las tentaciones que los acechaban. Pero quizás estaría bien recuperar algunas de sus lecciones: hacernos ascetas laicos sencillamente, no por odio al mundo sino por amor a la humanidad.

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