31 de octubre de 2019
31.10.2019
El trasluz

Sin gafas

31.10.2019 | 00:10

Usted no se ha imaginado nunca en una sala del tanatorio, al otro lado del cristal, metido en una caja abierta, de madera, con el rostro muy serio y los ojitos cerrados? Ese día, que a todos nos llegará, uno es el protagonista absoluto de la reunión, al menos hasta que se presenta el cuñado gracioso y comienza a hacer chistes de muertos. Parece que lo estás oyendo. Te llegan incluso las risas amortiguadas de los sobrinos que han acudido a quedar bien con tu esposa. Ese hombre siempre quiso ser el centro de atención y hoy lo ha conseguido una vez más. Aunque el tanatopráctico se ha asegurado de que no se te levanten los párpados en medio de la fiesta funeraria, en el ojo derecho se ha abierto una rendija por la que puedes ver el cristal que te separa de los vivos y en este momento no hay nadie observándote. A lo mejor ha coincidido la hora del catering con la exhibición de tu cuñado y te han dejado más solo que la una.

El otro día fui a dar el pésame a la viuda de un amigo y vi que lo habían amortajado con gafas. Pero no eran las gafas que yo le conocía, sino otras de estética más antigua y, para decirlo todo, muy viejas. Me extrañó porque mi amigo presumía de las suyas, que había estrenado hacía poco. Puntualizaba que eran progresivas y que le habían costado un ojo de la cara. Yo le decía que perder un ojo a cambio de ver resultaba contradictorio y él me devolvía una sonrisa cansada. El caso es que era la primera vez que contemplaba a un muerto con gafas, de modo que le pregunté a uno de sus hijos si lo iban a incinerar con ellas.

-Lo dejó escrito entre sus últimas voluntades -respondió con un gesto que quería decir "rarezas de papá".

-Pero esas que lleva no son las suyas -señalé.

-Es que las suyas se las había hecho hace poco y le salieron muy caras. Mamá pensó que era como tirarlas a la basura, de modo que le hemos puesto unas viejas que encontramos por casa, creo que de mi abuelo.

O sea, que pensaban darle tierra con las gafas de su suegro. Me pareció fatal. Intuí que había en el fondo de esa decisión algo profundamente perverso. No dije nada, claro, pero volví a casa con mal cuerpo. Mi mujer me preguntó que qué tal y yo le dije que bien, pero que a mí me amortajaran sin gafas.

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