18 de noviembre de 2019
18.11.2019
La Opinión de A Coruña

El beso de las cenizas

17.11.2019 | 21:15

Marta: "Mi madre no era una mujer que se enfadara con facilidad. De hecho, podría contar con los dedos de una mano las veces que la vi perder los papeles. Fueron momentos especialmente duros y lo que me sorprendió es que su furia solo durase unos minutos. Luego, su gesto favorito: encogerse de hombros y pasar página. Y eso que en esos tres momentazos se quedó sin marido, sin empleo y sin su mejor amiga. Un engaño, una injusticia y una traición. La vi herida y la vi curarse sin grandes alborotos. Nadie diría que aquellos golpes bajos le hicieron daño. Pero sus ojos... ah, sus ojos eran un libro abierto para mí y en ellos vi una explosión de decepción, abatimiento y dolor. Luego, aquel fuego se apagó. Las cenizas seguramente permanecieron el resto de su vida dentro de ella, restos de un fuego apagado que no merecía la pena recordar. Un peso escondido. Para los demás contratiempos de la vida tenía siempre alguna palabra en desuso con la que etiquetar a quienes los causaban. Los había de distinta intensidad. Si alguien cometía alguna falta de respeto (por ejemplo, el vecino del tercero, que bajaba y subía siempre en ascensor fumando, sin pensar en la peste que dejaba a los demás) lo calificaba de mequetrefe. Con la gente prepotente, chulesca y tosca invertía una palabra definitiva: papanatas. A los que iban por la vida despreciando al prójimo, juzgando las acciones ajenas con una intransigencia desmedida los llamaba, directamente, mamarrachos. Y quienes se dedicaban a hablar mal de los otros a sus espaldas, a echar siempre las culpas a los demás y a ir de víctimas por la vida les ponía la etiqueta de mamelucos. A la gente muy malvada los consideraba bellacos. En mi familia había zopencos, mi primer novio era un botarate, a mi tía Luisa la veía como una pazguata, despachaba a los listillos como cebollinos y a los que prefieren pedir perdón antes que pedir permiso los etiquetaba directamente de mentecato. Mi favorito era uno en asturiano: comegaspies. Suena tan bien que parece un elogio. Mi marido lo era, y cuando pienso en él la boca me sabe a un beso de ceniza".

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