03 de diciembre de 2019
03.12.2019
al azar

Suárez pactó con ERC

02.12.2019 | 20:02

Ed Koch fue alcalde de Nueva York durante la década de los ochenta, precursor de figuras carismáticas como Rudy Giuliani o Michael Bloomberg. En su campaña para conquistar la alcaldía, Koch utilizaba una frase que alcanzó notoriedad. "Si estáis de acuerdo conmigo en nueve de cada doce asuntos, votad por mí. Si estáis de acuerdo en doce de cada doce, visitad a un psiquiatra". En la actualidad política española, dominada por el énfasis, resulta sospechoso por insuficiente coincidir en doce de cada doce supuestos. Hay que forzar la identificación hasta catorce o quince de cada doce principios.

No siempre fue así. La fotografía captada en 1980 muestra a Adolfo Suárez y Josep Tarradellas prácticamente abrazados en la escena del sofá, en una posición casi obscena. El vástago del franquismo que lució la camisa azul de ordenanza, y el presidente de la república catalana en el exilio. Además de militante lapsario de Esquerra Republicana desde los años treinta. Por lo visto, Pedro Sánchez no será el primer presidente demócrata que pactará con ERC.

El primer presidente del Gobierno de la democracia, canonizado por la derecha que promociona a Adolfo Suárez Illana en atención a su única calidad reconocida de reliquia paterna, alcanzó un acuerdo con la diabólica Esquerra. Tres años antes de la foto que derrocha intimidad, al político recién llegado a La Moncloa le bastó un mes para importar a Tarradellas de Francia. Lo digitó presidente provisional de Cataluña, otro alarde de creatividad, sin necesidad de elecciones y de espaldas a la legislación vigente. En la figura de un catalanista republicano exiliado, se restauraba de facto mucho más que la autonomía de Cataluña.

Magnífico en el regate corto, Suárez supo leer la masiva Diada del 11 de septiembre de 1977, inolvidable para quienes vivimos aquella festividad en Barcelona. Nadie podía acusar de catalanista al abulense. Simplemente, interpretó la voluntad mayoritaria y se aprestó a encauzarla. A negociarla, esa palabra hoy tabú. Tres largas décadas después, Artur Mas efectuó la misma lectura tras otra Diada mayúscula, contra la poda que el Constitucional ejecutó sobre un Estatut aprobado en referéndum legal. El heredero a contrapié de Jordi Pujol en Convergència tampoco era sospechoso de independentista, y su partido votó la reforma laboral de Rajoy. Sin embargo, Madrid lo abandonó en la ignición de un conflicto que algunos días parece irresoluble.

Ni nación ni nacionalidad, Suárez estableció la continuidad republicana en la figura de un dirigente de ERC que desde el año pasado solo da nombre a un aeropuerto. Otro imposible en las coordenadas vigentes. España no se rompió, corre mayor peligro ahora que niega cualquier apuesta por la flexibilidad. Se alegará que ni Felipe González ni José María Aznar se sometieron a una alianza con ERC. En efecto, tuvieron un socio que se considera más letal, la Convergència que alumbró a Puigdemont. Escudarse en que contaba con otros líderes y propósitos suena a excusa de pocos quilates. El primer ministro socialista en 1993 y su sucesor conservador en 1996 se sometieron al peaje del pujolismo.

Aznar no tuvo reparos en firmar el pacto de investidura en el hotel Majestic barcelonés, cabe imaginar la algarabía madrileña si Sánchez efectuara el mismo viaje para estampar su signatura. Socialistas inequívocos como el olímpico Pasqual Maragall y José Montilla gobernaron la Generalitat de la mano de ERC, un fenómeno notable cuando se recuerda que el segundo era cordobés. Pedro Sánchez no alcanzará nunca por otra parte la intimidad tejida entre los republicanos catalanes y Zapatero, que no hubiera traspasado el umbral de La Moncloa sin ese apoyo tan pecaminoso.

Las concesiones de Esquerra a partidos estatales han sido más dañinas para los ahora independentistas que para sus socios. El martirologio se propaga de Carod a Puigcercós, sin olvidar al Tarradellas tardío masticando su odio a Pujol por las esquinas. Su maldisimulada voluntad de endosar a Sánchez les obligará a pagar un precio en las próximas elecciones catalanas. Este sistema de contrapesos funciona al margen de la unilateralidad de los llamados constitucionalistas, que a menudo parecen más propicios a asignar los votos que a interpretarlos.

Para disimular su entreguismo, Esquerra planteó un referéndum de pregunta ditirámbica y con la advertencia a las bases de que su veredicto no sería vinculante. La portavoz Marta Vilalta comentó los resultados con una sonrisa triunfal en los labios, que facilitaba la distorsión del veredicto. En la misma proporción abrumadora que los militantes socialistas, los republicanos se negaron a un apoyo a Sánchez sin mesa negociadora, lo cual no implica un respaldo en caso contrario. Sin embargo, ERC interpretó la respuesta a su estrambótico interrogante bajo la falacia de que si alguien avanza que no desea comer carne, por fuerza ha de querer pescado. Todo sea por evitar unas nuevas elecciones.

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