21 de enero de 2020
21.01.2020
Embajador de España

Rusia en el Mediterráneo

20.01.2020 | 20:58

Una muestra del creciente prestigio de Rusia en el Mediterráneo es haber logrado junto con Erdogan, a principios de esta misma semana, un alto el fuego entre los dos bandos que luchan en Libia, algo que las Naciones Unidas, Alemania, Francia e Italia llevaban meses intentando. Probablemente lo han hecho para no acabar ellos mismos enfrentados en las arenas libias, pero eso no le quita mérito. Ojalá dure, que no es seguro.

La Rusia zarista siempre tuvo la ambición de llegar a las "aguas cálidas del Mediterráneo" para evitar que el invierno dejara bloqueada la flota creada por Pedro el Grande, y solo lo logró cuando Catalina II y su valido Potemkin alcanzaron el Mar Negro tras derrotar a los otomanos. Luego Alejandro II dispuso brevemente de una flota que surcó aguas mediterráneas, como cuenta David Abulafia en su descomunal obra sobre nuestro mar.

En realidad, Rusia no apareció en el Mediterráneo hasta después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la URSS estableció una sólida relación con Siria e Irak, dominadas entonces por el partido Baath, con el Egipto del socialismo nacionalista de Nasser, y con la OLP que dirigía Yasser Arafat. Como resultado Moscú adquirió peso e influencia en la zona a pesar del desastre de Afganistán. Luego la implosión de la URSS la sacó literalmente de Oriente Medio y por eso durante la Conferencia de Paz de Madrid, a la que asistió Gorbachov, Pravda pudo escribir acertadamente que allí había jugado Moscú "su última carta" en la región. Hasta el punto de que, con una Rusia en plenitud, Saddam Hussein no hubiera invadido Kuwait porque Moscú nunca le habría dado luz verde para aquella descabellada aventura que tantas consecuencias tendría.

Rusia solo regresó al Mediterráneo de la mano de Obama, por incongruente que parezca. Obama quería distanciarse de Oriente Medio como parte de un plan más amplio que implicaba reforzar la relación con Europa (TTIP), poner a cero ( reset) las relaciones con Rusia, y desplazar el centro de interés norteamericano ( pivot) hacia la zona de Asia-Pacífico (TPP). Esa renuencia a verse más implicado en la guerra de Siria le llevó a incumplir una línea roja que él mismo había trazado cuando en agosto de 2013 un bombardeo con armas químicas de las tropas gubernamentales causó 1.400 muertos y provocó indignación mundial. El prestigio norteamericano sufrió y Moscú aprovechó ágilmente la ocasión para ofrecerse a retirar la munición química en poder del régimen de Damasco y destruirla fuera de Siria con supervisión de las Naciones Unidas. Pero no debió llevársela toda porque un informe de la BBC cita el uso en Siria de cloro, gas mostaza y sarín hasta en 106 ocasiones entre 2014 y 2018.

Fue entonces cuando Putin, en una arriesgada apuesta estratégica, optó por respaldar al régimen de Bachar al-Assad que estaba perdiendo la guerra contra una variopinta coalición de grupos opositores que tenían el respaldo de EEUU, Arabia Saudita, Turquía, EAU y Qatar. La intervención de Rusia y de Irán fueron decisivas para revertir la situación y darle la victoria al régimen de Damasco, algo que ha completado la reciente intervención turca a lo largo de su frontera con Siria al lanzar en brazos de al-Assad a unos kurdos abandonados por Washington a pesar del decisivo apoyo que dieron para derrotar al Estado Islámico.

Hoy Assad domina la casi totalidad de Siria y con ello Rusia ha ganado prestigio e influencia en el conjunto de Oriente Medio donde es interlocutor de todas las partes, suministra armas como el sofisticado sistema antimisiles S-400 a Turquía, tiene bases navales como la de Tartus, apoya el acuerdo nuclear con Irán, trata de colocar su tecnología nuclear, y hasta envía a Libia mercenarios del grupo Wagner para apoyar al general Hafter. De esta forma Rusia se ha convertido en el interlocutor necesario de Ankara, Riad, Teherán, Tel Aviv y hasta Trípoli en cuanto concierne a la seguridad regional, como demuestra la rápida visita de Putin a Damasco inmediatamente después del asesinato del general iraní Qassem Suleimani. El mismo Washington agradeció públicamente a Rusia la ayuda prestada para acabar con la vida de Abubakr al-Bagdadi, el autoproclamado califa del Estado Islámico.

Putin patrocina la iniciativa de Astaná, un acuerdo de paz para Siria, que comparte con Irán y con Turquía y sin contar con Washington. Moscú quiere hacer una paz que respete la integridad territorial de Siria, que confirme a Bachar al-Assad en el poder y que le permita lucrarse luego con el gigantesco negocio que será la reconstrucción de un país destrozado por la guerra y que espera que financien los países del Golfo, Europa y Estados Unidos.

Pero una cosa es convertirse en el socio preferente en Siria e influir en la crisis de Libia y otra, muy distinta, es ser capaz de llenar el hueco que los norteamericanos dejan en Oriente Medio con el confuso proceso de desenganche/retirada que auspicia Donald Trump y que nadie ve claro. Rusia no tiene capacidad para ofrecer la modernización que la región necesita por mucho que Putin hinche el pecho. Y menos aún para compartir con los EEUU la hegemonía mundial como seria su sueño. Rusia "pelea por encima de su peso", su población es vieja, su PIB es como el de Italia, solo exporta materias primas y sufre sanciones internacionales tras la anexión de Crimea. Pero lo intenta y su presencia en el Mediterráneo forma parte de esa estrategia. Es así como, pese a una economía renqueante, Putin mantiene una popularidad doméstica del 70%.

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